miércoles, 1 de junio de 2011

El amor de Juan

                                                       EL AMOR DE JUAN
                                         
                                                        (1)


   Pedro Grau, el inspector de Homicidios que llevaba el caso, era un hombre in-tuitivo e inteligente, atributos que difícilmente suelen ir juntos, y confiaba plenamente en su intuición pero también tenía la necesidad de razonarla luego para cerrar el círculo satisfactoriamente. En este caso, su intuición le había señalado casi desde un principio al homicida en cuestión, pero no conseguía hacer cuadrar esta certeza con un móvil satisfactorio para su inteligencia. Por otra parte, no había absolutamente ninguna prueba que acusara a Juan Más, el empleado de la víctima a quien la intuición del inspector Grau señalaba inequí-vocamente como responsable de los hechos. A estas alturas de la cosa, Grau decidió jugar una carta que sólo serviría para confirmar o no su convicción ínti-ma dado que, de momento, no veía forma de avanzar por otro camino.
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–Verá usted señor Más –empezó Grau con un tono suave, casi amable– yo sé que vd. mató al señor Bermúdez, y vd. sabe que yo lo sé, por supuesto. Los dos también sabemos que, por lo pronto, no tengo pruebas de ello, aunque ese no es mi principal problema. Las pruebas ya aparecerán o bien vd. se sentirá inclinado a confesar su crimen. Porque vd. no es un profesional y estoy seguro de que no podrá vivir mucho tiempo con este secreto. Pero mi principal problema, en todo caso, es que aún no entiendo por qué lo hizo...

Mientras Grau decía estas palabras, Juan Más, el fiel empleado del difunto Jorge Bermúdez, permanecía impasible. Su rostro no manifestaba ninguna emoción. No parecía tener miedo, pero tampoco era arrogante. Era como si estuviera al margen de las preocupaciones que cualquier otro mortal tendría al ser interrogado una vez más a causa de un asesinato del cual parecía ser el principal sospechoso.

–Usted no necesita el dinero –continuó el inspector Grau en el mismo tono– , hemos comprobado que, si  bien el sueldo que el difunto Bermúdez le pagaba no era excesivamente generoso, es usted una persona de vida ordenada y dispone de unos ahorros con los que ya me gustaría a mí contar. Pero, claro, yo tengo mujer y tres hijos...en fin, no le voy a contar mi vida. El gasto de la residencia donde está su madre se paga con la pensión que ella percibe, por tanto no tenemos problemas económicos tampoco por ese lado. No parece que vd. mantenga relaciones con buenas ni malas mujeres, así que aquello de “cherchez la femme” no parece venir al caso...

  El sr. Más seguía sin mostrar la más mínima emoción ante tan directas pala-bras por parte del inspector. Desde luego esta falta de reacción confirmaba las sospechas de Grau, pero no aportaban una prueba de nada. No se puede llevar a una persona a los tribunales porque no demuestre sus emociones ante un interrogatorio policial.
–Nos queda la posibilidad de que lo que haya que buscar no sea una mujer sino un hombre, o un chico –continuó Grau sin mucho entusiasmo–; hoy en día esto se lleva bastante. Pero el caso es que hemos hurgado mucho en su armario y tampoco hemos encontrado nada. Usted es un solitario. Casi me atrevería a aventurar que vd. nunca ha tenido relaciones sexuales, ¿me equivoco? ....

–...

–Bueno, dicen que quien calla otorga...aunque en su caso, no sé. ¿Sabe que es usted un individuo muy peculiar, señor Más?

–No, no lo creo –respondió sorpresivamente el hombre-, yo creo más bien que soy una persona normal que simplemente no se toma el trabajo de adoptar una pose. Yo no entiendo mucho este mundo en el que vivo... y me parece que vd. tampoco. Sólo que yo he renunciado a entenderlo mientras que vd. se empeña. Esa es toda la diferencia, creo.­

–Caramba –dijo el inspector– creía que se le habían comido la lengua los ratones. Me alegro de que no sea así. Resulta un poco aburrido hablar solo. Pero, en fin, volviendo al tema, tengo otra curiosidad: parece ser que su único vicio consiste en ver películas de esas en blanco y negro, policiales o de detectives, no sé cómo les llaman ahora. Ahora bien, siendo vd. informático además de contable, ¿por qué las alquila o las compra pudiendo piratearlas?, creo que le dicen así al hecho de obtener copias ilegales... Mi hijo (que es hijo de un policía), lo hace todo el tiempo. Espero que no se lo cuente Vd. a nadie...

–Con perdón de vd. y de su hijo, no me parece bien obtener gratuitamente lo que a alguien le ha costado trabajo crear. Fuera de eso, cada uno tiene sus normas, supongo.

–Ahá, y ¿qué me dice de matar a alguien? ¿Eso le parece correcto?

–No sé, depende...

–Ah, ¿sí? …Y ¿de qué depende?, como dice la canción –insistió Grau con una sonrisa.

–No sé, piratear el trabajo de otros me parece inmoral en todos los casos. Matar a una persona podría estar justificado, siempre que uno esté dispuesto a pagar por ello.

–Quiere decir, ¿confesando?, ¿entregándose a las autoridades?

–No necesariamente. Yo creo que uno siempre paga por lo que hace y por lo que es. O por lo que no hace o no es, de una forma o de otra...

–Bueno, yo no estoy tan seguro de eso. Pero, ¿vd. cree que el asesinato del Sr. Bermúdez estaría justificado?

–Eso es algo que vd. debería investigar si quiere llegar a algún sitio, digo yo... –respondió Más con la misma distante calma.

–Bueno –dijo Grau luego de una larga pausa reflexiva-, creo que es mejor dejar esta interesante conversación antes de que entremos en un círculo vicioso y la cosa decaiga, ¿no?  Por lo visto vd. no tiene intención de confesar y ambos tenemos que seguir con nuestros respectivos trabajos, así que de momento le dejo a solas con su conciencia...

–Bien....¿puedo entonces retirarme?

–Claro, claro, espero que tenga vd. un buen día

–Igualmente –respondió Juan Más sin atisbo de ironía mientras se ponía de pie y recogía su portafolios.

    El inspector Grau se quedó observando cómo el hombre se marchaba de su despacho y permaneció todavía un buen rato pensativo luego de que el presunto homicida hubiera partido.





                                                      (2)

   Cinco semanas antes de esa última entrevista entre el inspector Grau y Juan Más, éste último había entrado en el despacho de su jefe, el sr. Bermúdez, tal como hacía cada viernes con el fin de entregarle el dinero y los documentos de cobro que, a su vez, los vendedores de la empresa habían liquidado con Juan a lo largo de la jornada. Como era viernes treinta, la recaudación era particularmente abultada ya que era el día que se cobraban especialmente todas las ventas en negro que realizaba la empresa durante el mes.
  El resto de los empleados ya se habían retirado cuando Juan depositó sobre la mesa de trabajo del Sr. Bermúdez los resultados de la cobranza. Bermúdez dio por finalizada la conversación telefónica que estaba manteniendo y levantó la vista hacia Juan. Enseguida le llamó la atención el hecho de que su empleado sostuviera en la mano izquierda un pequeño cojín que era propiedad de la tele-fonista de la empresa, la señorita Torres, que siempre se estaba quejando de sus dolores de espalda. A continuación (y esto ya elevó considerablemente la capacidad de sorpresa del señor Bermúdez), vio cómo Juan Más sacaba un revólver del bolsillo de su americana y le apuntaba directamente al pecho.

–Pero.... a ver, ¡¿a qué coño se supone que está jugando, che?! –atinó a decir Bermúdez, quien aún no acababa de hacerse cargo de la situación.

–No estoy jugando a nada, Bermúdez –respondió Juan, quien por vez primera no anteponía el “señor” delante del nombre de su jefe–, lo voy a matar.

–Pero, ¡¿qué coño…?!

–Lo voy a matar porque es vd. una mala persona –continuó Más–, quería que lo supiera antes de morir.

–¡Déjese de joder, che...! –atinó a decir Bermúdez justo antes de que Juan, luego de apoyar el cojín contra la boca del cañón del revólver, le disparara dos tiros del calibre 38  en el centro del pecho.

    Después de eso, Juan recogió todo el dinero en efectivo que había sobre la mesa, lo guardó en una bolsa de papel, apagó la luz del despacho y se dirigió hacia su propia mesa de trabajo. Se acomodó en su silla y se dispuso a esperar en la sombra a que todo el edificio de oficinas estuviera convenientemente des-habitado. Para pasar el rato, puso en marcha un pequeño reproductor de DVD portátil y un viejo clásico del cine negro con Dana Andrews como protagonista. La mayoría prefería a Bogart, Cagney o incluso Alan Ladd, pero a Juan le caía mejor Dana Andrews aunque, dejando de lado “Laura”, no hubiera tenido tanta suerte con los guiones que le habían tocado en suerte. Los otros siempre le re- sultaban un tanto fanfarrores, en cambio Andrews parecía un tipo que hacía las cosas por la sencilla razón de que alguien las tiene que hacer y no se iba vanagloriando de ello. Era un tipo mucho más ajustado a la idea que Juan tenía de los personajes de Chandler. Le hubiera gustado ver una versión de “El largo adiós” con Dana Andrews interpretando a Marlowe y quizá Robert Walker en el papel de Terry Lennox, pero no había nada absolutamente perfecto en este mundo.
  A eso de las once de la noche, cuando ya todo estaba en absoluto silencio y oscuridad, Juan recogió cuidadosamente sus cosas y se retiró del edificio asegurándose de que no había moros en la costa.


                                                  (3)

   Dos semanas antes de que Juan Más asesinara a su jefe, mientras intentaba instalar una nueva herramienta de software en su ordenador, le llamó la aten-ción la ausencia de voces en el despacho de Bermúdez. Calculó que haría más de cinco minutos que Nuria, la auxiliar administrativa que él mismo había con-tratado hacía poco menos de un mes, había entrado en el despacho del jefe re-querida por éste. De pronto, como si toda su vida hubiera transcurrido a la es-pera de una situación así, Juan sintió que era el momento de permitir que una pulsión lo guiara, ajena al control de la razón. Sin pensarlo ni un instante se puso de pie y se dirigió al despacho de Bermúdez con tal decisión que, sin quererlo, hizo que su silla cayera de lado con gran estrépito. Abrió sin llamar la puerta del despacho del jefe, algo insólito para el comportamiento habitual del fiel empleado, e intentó captar lo que estaba pasando dentro de la habitación.
 Evidentemente, el ruido de la silla al caer había alertado a Bermúdez y Juan no llegó a percibir más que la incomodidad que, tanto Bermúdez como la mucha-cha, no habían tenido tiempo de disimular.

–¡¿Qué coño quiere, che!?, ¿no sabe llamar antes de entrar? –espetó Bermúdez, visiblemente irritado.

Juan Más no respondió enseguida. No pretendía dar un golpe de efecto. Sim-plemente estaba comprobando, no sin sorpresa, su total ausencia de temor an- te la indignación de  Bermúdez, cosa que Bermúdez, de alguna forma más o menos inconsciente pero precisa, también estaba percibiendo.

–Quería comentarle que ya tengo la herramienta de software instalada y que ya puedo empezar a preparar el aplicativo que me pidió –dijo finalmente Juan sin apartar la mirada de los ojos de Bermúdez y demostrando un aplomo más acorde con los personajes de sus novelas preferidas que con su propia personalidad.

–Sí –respondió un Bermúdez visiblemente ofuscado–, y ¿para eso entra vd. sin llamar en mi despacho?

–Pensé que le interesaría saberlo –se mantuvo firme Juan Más sosteniendo la mirada del otro.

   En medio de la pausa incómoda que siguió, la muchacha pidió permiso para retirarse y, sin esperar respuesta, salió del despacho apresuradamente.

–Bueno –dijo Bermúdez, un tanto desconcertado– ¿para cuándo cree que puede tener eso listo?

–No lo sé, en cuanto lo haya determinado se lo haré saber –respondió Más con toda calma. Luego se giró sobre sus talones y salió tranquilamente del despacho.

–Qué tío más gilipollas –atinó a decir para sí mismo Bermúdez una vez que el empleado se hubo retirado cerrando suavemente la puerta. Sin embargo se le notaba más confundido que enfadado.

                                            
    Afuera, Juan ocupó su puesto frente a la mesa de Nuria y evitó mirar a la chica, aunque se le podía notar claramente un aura de satisfacción. La muchacha alzó un momento los ojos de los documentos que se aprestaba a archivar y dejó caer su mirada sobre Juan. Lo que ella pensaba en ese momento nadie sería capaz de descifrarlo por mucho que observara aquel rostro de una belleza silvestre y aniñada, de una perversa inocencia...


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