lunes, 13 de junio de 2011

EL SUEÑO DE LOS OTROS (1)





                                                                          (1)        

                                                             SOROCABANA


En la mesa habían tres jarras de cerveza, una coca-cola, dos paquetes de cigarrillos, un Zippo y un cenicero.
- Cualquiera puede ser famoso –dijo Yañez–, en su medida, claro está. Basta con observar una cierta disciplina.

Serían como las tres de la madrugada y la cosa consistía en hablar y hablar sobre cualquier tema intentando mantener el interés mientras la noche se iba perdiendo hacia ninguna parte. Ya se habían ido los sesenta y la mayor parte de los setenta, y con ellos cualquier esperanza de hacer algo útil, o necesario, o brillante, o renovador... o lo que fuera. Así que se trataba únicamente de mantener el interés con cualquier tema y que la noche se fuera perdiendo hacia ninguna parte.

–Aquí tenemos a Huerson –continuó Yañez–. Mientras todos nos emborrachamos con cerveza, él toma coca-cola. Un detalle significativo. Si todos los demás fuéramos abstemios, Huerson se emborracharía todas las noches o, al menos, todas las noches que pasara con nosotros. He ahí su técnica. Algo verdaderamente sencillo y efectivo. Y así con todo lo demás…

Yañez era un tipo verdaderamente agudo. El único problema con él consistía en que era únicamente agudo. Todo lo que decía podía ser eventualmente exacto e ingenioso, tenía años de práctica. Pero no sabía rematar, su charla acababa siempre apuntando a ninguna parte. Como la noche, solo que en esta ocasión se estaba refiriendo a mí.
Pedí otra coca-cola y una ronda de cervezas.

–Huerson ha conseguido construir su pequeña leyenda –proseguía Yañez bajo la atención de los otros dos–. La pequeña leyenda de Huerson se apoya en una serie de omisiones. En realidad no existe ningún hecho verdaderamente destacable en su currículum, pero hay detalles. Se pueden constatar, por ejemplo, esa peliculita que hizo hace poco, una habilidad desperdiciada para los deportes, unas cuantas mujeres en su pasado, nada excepcional, claro, pero con una particularidad: jamás hay ninguna mujer en su presente. Esto lo convierte en casi invulnerable.

Yañez lo estaba consiguiendo. Hasta yo tenía un cierto interés por saber adónde iba a ir a parar. Bebí un sorbo de mi coca-cola. No estaba a temperatura.

–Y así con todo lo demás –continuaba Yañez–. Un tipo con misterio. El muchacho de la película. Dentro de un rato, por ejemplo, se tomará su último trago de coca-cola, sonreirá con una sonrisa ambigua y se perderá en el horizonte con su caballo blanco, por decirlo de alguna forma. Omisiones, huecos, una forma sincopada de llegar e irse a destiempo. Un sistema sencillo y efectivo. Huerson podría ser famoso con ese sistema dentro de cualquier otro contexto. El problema es que le ha tocado un lugar y un tiempo en los que no pasa absolutamente nada. Cuestión de suerte. Así que la pequeña leyenda de Huerson, su pequeña fama, no tiene ningún valor en el mercado. Huerson es un famoso de tipo amateur, un out-sider de la nada con su pequeña leyenda escrita sobre el agua...o sobre la coca-cola. Nada que vaya a perdurar. Pero, no nos equivoquemos. Nosotros somos los tres mosqueteros y él es D’Artagnan. Y, ¿quién carajo se acuerda del nombre de los tres mosqueteros?...¡nadie!. En cambio D’Artagnan...porque, ¿cuál es el secreto de D’Artagnan?, ¡¿eh?!. Yo te lo digo: el secreto es que D’Artagnan puede entrar y salir, no está sujeto, no pertenece a.
Y vos me dirás: “nosotros tampoco”. Pero ya caíste en la trampa.
“Nosotros”, dirías.
Huerson jamás dice “nosotros”, no exhibe el talón , no da ventaja, se comporta como un profesional. Pero está jodido lo mismo porque el parque es amateur. Aquí los únicos profesionales que hay son los empleados públicos, los demás somos todos unos líricos al pedo. Los revolucionarios, los comerciantes, los hippies, los políticos, los obreros... y Huerson. Todos con un sueño al hombro. Menos los empleados públicos, que tienen el objetivo claro: si voy, voy por la guita. Y si hay guita sin que haga falta ir, entonces no voy. O sea, Huerson es más vivo que nosotros y más boludo que un empleado público, ¿me entendés? .
Bien mirado, una pobre ventaja.

Los camareros estaban colocando las sillas sobre las mesas para cerrar; las luces del bar se iban apagando por sectores. Yañez siguió con su discurso todavía otro poco, pero ya empezaba a decaer y a repetirse y a endosarme sus propias excusas para ser un inútil completo. Yañez me llevaba cinco o seis años de ventaja en eso de ser un inútil completo y en todo lo demás. Decidí no acabar la coca-cola, sonreí ambiguamente y dejé un billete sobre la mesa. Recogí mi paquete de cigarrillos y mi Zippo, hice un gesto de despedida acorde con el discurso de Yañez y salí a la calle. Mi apartamento quedaba a unos cientos de metros del bar. La parada de taxis estaba vacía y en la puerta del bar no había ningún caballo blanco ni de ningún otro color.

Decidí ir andando
El bar se llamaba Sorocabana

La ciudad era Montevideo

Antes de llegar a casa había llegado a la conclusión de que aquel país no daba para más...


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