lunes, 27 de junio de 2011

Fatalidad

                                                            FATALIDAD

 

                                                                (1) 

                                                           
 Norah estiró el brazo y cogió el paquete de la mesa de noche, luego encendió un cigarrillo y se tomó su tiempo antes de hablar.

–Lo siento, no es culpa tuya...supongo que no es culpa de nadie pero, en todo caso, no es culpa tuya...
   Lo dijo sin mirarlo. Lo dijo como si hablara consigo misma o, mejor, como si se lo dijera a todos los que se lo había dicho o no se lo había dicho antes. No estaba amargada ni deprimida. No era ese tipo de persona. Comprobaba un hecho y sólo cabía hacerse una pregunta: ¿Por qué insistía en intentarlo?
   Pero era una pregunta que no se estaba haciendo en este momento. Simplemente fumaba y esperaba a que Marcos (esta vez se llamaba Marcos) se decidiera a desaparecer de su cama, de su piso y, si fuera posible, de su vida lo más pronto posible.
   Seguramente más tarde volvería sobre el tema y se cuestionaría su supuesta inteligencia. Había una infinidad de mujeres que no disfrutaban con el sexo, muchas más de lo que podía salir en cualquier informe pseudo científico. Todos éstos se basaban en una confesión que pocas mujeres estaban dispuestas a hacer. Preferían fingir y asegurarse una vida más o menos normal. Con los hombres no sabía Norah muy bien lo que pasaba pero, por razones obvias, no podía ser exactamente el mismo problema.
   Pero el caso es que Norah no era una persona al uso. Era una mujer inteligente y emocionalmente fuerte. Era una persona que no estaba dispuesta a mentirse a sí misma y en cambio sí estaba dispuesta a pagar el precio que viene implícito en ello.
   Marcos lo puso fácil. Se abstuvo de hacer cualquier comentario, se vistió y se fue todo lo pronto que se puede esperar en un caso así sin pecar de grosero. Marcos era un buen tipo. De no ser así Norah no habría caído en la inútil tentación de intentarlo una vez más.
   Norah cogió el mando y encendió el televisor sin moverse de la cama. Iba a ser otra noche larga, había que pasarla de alguna manera y, en todo caso, no estaba en disposición de leer y mucho menos de intentar escribir un poco. Los programas, pese a la avanzada hora de la noche, resultaban poco digeribles. Estuvo practicando el zapping durante un buen rato hasta que se decidió por el canal de informativos. Lo que le llamó la atención fue la noticia de la nueva faena del presunto asesino múltiple que ocupaba un lugar preponderante en los tele diari de los tres últimos meses. Pese a que Norah consideraba el asunto de los asesinos psicópatas, en serie, etc. como un tema demasiado trillado y falto de interés personal, éste tenía el doble atractivo de que el individuo actuaba en la zona específica donde Norah vivía y que Norah llevaba bastante tiempo sin encontrar tema para su nueva novela, sobre la que ya había cobrado un adelanto de su editor. Enseguida pensó que tenía que hacer una visita a su tío. El tío de Norah era jefe del departamento de homicidios de la ciudad. Aparte de ser el tío preferido de Norah y casi el padre que Norah apenas recordaba de modo bastante difuso. Norah había perdido a sus padres a los nueve años en un accidente de tráfico y había pasado los años siguientes en un internado en el extranjero, todo ello financiado por el tío Miguel con cuya familia también había pasado todas sus vacaciones durante aquellos años de estudio. Ahora todos vivían en la misma ciudad.
 
   Las víctimas eran todas mujeres entre los treinta y los cuarenta años. Norah tenía treinta y tres años y vivía en el casco antiguo de la ciudad que era donde habían acontecido la totalidad de los crímenes –tres en poco más de un año, de momento–. Pero esto, de alguna manera, no inquietaba en absoluto a Norah. El interés de ella estaba en intentar descifrar la psicología del asesino y ver si ello podía tener algún interés novelístico. Enseguida su imaginación comenzó a volar y prefirió pensar en un individuo particularmente inteligente, sutil y profundamente perverso, capaz de ser encantador. Al buscar una forma física que encajara con la idea que se hacía de su personaje, Norah, que era bastante cinéfila,  se inclinó por un tipo John Malkovic o Klaus María Brandauer. También decidió que su hombre no mataba a cualquiera sino sólo a mujeres que, de alguna manera, le pedían que lo hiciera. Se acordó de una novela de Marguerite Duras que trataba ese tema en concreto. En fin, ya tenía algo sobre lo que trabajar. Desde luego la realidad acabaría estando totalmente alejada de sus ideas, pero a la ficción no le interesa la realidad, que suele ser bastante inverosímil. En una historia de ficción todo tiene que tener una explicación y una lógica contundentes, además de mantener un ritmo sostenido. En esto Norah era una experta. Quizá nunca le darían el premio Cervantes ni la harían académica de la lengua, pero sus estructuras eran sólidas y sus ritmos más que sostenidos. Sus libros se leían y se vendían con facilidad y Norah estaba perfectamente satisfecha con estos logros que otros consideraban menores. En estos pensamientos estaba cuando, por fin, el sueño vino sin que la imagen de un inoportuno Marcos volviera a aparecer su mente.

                               
                                                                  (2)

                                                              
  Hans Grüber, como alemán, no era el caso más tópico.  De hecho, había pasado la mayor parte de su vida en Sudamérica donde sus padres habían tenido que emigrar pocos años después de la última guerra europea debido a los estrechos vínculos que su abuelo había mantenido con el régimen de Adolfo Hitler. El motivo por el que ahora se encontraba en Mallorca era más bien fortuito y, en todo caso, no era por disfrutar del sol y las playas como sucedía con el resto de sus compatriotas. En todo caso, Grüber detestaba el calor, de ahí que se sintiera mucho más cómodo viviendo en el casco antiguo de Palma y que limitara, en todo lo posible, sus movimientos a esa pequeña zona de la isla donde podía encontrar todo lo que al él le interesaba de lo que ésta le podía ofrecer. Le gustaban las calles estrechas, los bares donde la gente hablaba en voz más baja que en el resto de la ciudad, los pequeños negocios “de ultramarinos” como a él le gustaba denominar en un gesto un tanto melancólico hacia las novelas de más de medio siglo atrás, las charcuterías y los negocios de especias, pequeños y atestados de mercancías de calidad.

   Grüber entró en la librería de viejo y se puso a hojear un volumen aquí y otro allá. Era una actividad que le causaba un suave placer y casi siempre acababa comprando algún libro que conseguía, generalmente por motivos diferentes, llamarle la atención. Ahora mismo había encontrado un ejemplar de Panait Istrati, una edición en rústica con una buena traducción.
En este caso le había interesado el autor. Este, como tantos otros, no tenía lugar en los planes de las editoriales actuales más aplicadas a lanzar libros de periodistas televisivos, literatura infantil para adultos y ese tipo de productos para el hombre inmediato, como le gustaba a Hans llamar al espécimen humano actual. En eso, le llamó la atención la mujer. No era una mujer particularmente hermosa, cosa que para Grüber no era primordial. Era una mujer con cierto estilo que vagamente podríamos describir como un estilo engañosamente indiferente, dotado de una suerte de sutil altanería (no de clase, sino más bien la tenue arrogancia de alguien que se sabe fatalmente un poco por encima del resto de los mortales en algún aspecto). A Grüber le fascinaba este tipo de mujer. Sentía enseguida el impulso de establecer un juego con ella que, en principio, nada tenía que ver con lo sexual...

   La mujer sintió la mirada concentrada de Grüber y se volvió hacia éste como si esperara encontrarse con alguien conocido. Al cruzarse con los ojos de Hans se vio doblemente sorprendida. En primer lugar porque la persona le era totalmente desconocida. En segundo lugar porque Grüber no se parecía físicamente a Malkovic ni a Brandauer aunque su actitud (su actitud interior, podríamos decir) concordaba precisamente con los personajes que estos actores solían interpretar y que a Norah tanto le fascinaban. El encuentro duró apenas un par de segundos. Norah volvió al libro ilustrado que había elegido para regalar a su sobrina. Algo más tarde, cuando se volvió con cautela hacia el lugar donde había visto al hombre, aprovechando que tenía que dirigirse hacia el dependiente de la librería, aquel ya no estaba allí ni en ningún otro sitio del negocio.
Sencillamente, había desaparecido dejando el libro que tanto parecía haberle interesado abandonado sobre la mesa...

                                                   







                                                          (3)

                                              

    Miquel Nadaf había ingresado en la policía en  su condición de psicólogo con el primer gobierno democrático después de la muerte de Francisco Franco para cubrir un puesto en un departamento que ahora hacía casi veinte años que había dejado de existir.  Pero las dotes organizativas y la natural habilidad para aprovechar y conciliar los distintos tipos de aportaciones que sus colaboradores dentro del departamento y fuera de éste podían ofrecer lo había llevado en un tiempo relativamente corto a ocupar la jefatura del departamento de Homicidios, cargo que ya venía desempeñando durante más de doce años. Los distintos gobiernos nacionales y provinciales habían respetado siempre su capacidad profesional y su postura claramente apolítica. Su esposa, Maite, trabajaba en los servicios sociales de protección al menor y el matrimonio había tenido, un poco tardíamente, una niña que ahora contaba con ocho años de edad. Antes de eso se habían dedicado al cuidado y la educación de Norah que era hija del fallecido hermano de Maite. Para ellos, Norah era una hija en todos los demás sentidos. Pese a que Norah sentía por Maite el mismo amor y agradecimiento que por su tío Miquel, el nivel de complicidad y disfrute de la relación con éste último era sensiblemente más profundo. Esto no afectaba en absoluto a Maite, quien disfrutaba de asistir a esa complicidad desde el ángulo de una espectadora privilegiada.
   Norah cogió el teléfono y marcó el número de su tío.

     –Hola, tío, ¿ qué tal?, soy Norah
     – Hola sobrina, ¿ cómo van esos libros?
     – Bien... bueno, estaba un poco atascada desde la última novela... por cierto, ¿la has leído?
     –Claro, esperaba a verte para hacer los comentarios de rigor, pero últimamente se te ve menos de lo que quisiéramos...
     –Sí, tienes razón, sólo te llamo para aprovecharme de tus experiencias, y lo peor es que ahora mismo estoy cometiendo el mismo pecado.
     –Ya, pero no te preocupes, yo también he sido joven, ya lo pagarás  con tus hijos...o con tus sobrinos preferidos.
     –Más bien sobrinos, creo yo. En fin, quería pedirte un poco de información sobre ese caso que creo que llevas tú, el del supuesto asesino en serie. Creo que allí puedo tener un punto de partida para el nuevo libro.
     –Claro, cuando quieras, aunque la cosa está bastante verde, te diré...de momento no hay pistas ni nada que se le parezca...
    –No importa, me interesan más las víctimas que otra cosa, tengo una idea al respecto  que...bueno, ya te contaré. ¿Qué te parece si me invitas a cenar y de paso veo a mi familia?
    –De acuerdo, lo arreglaré con Maite pero creo que podemos quedar para mañana por la noche sin problema...¿te apetecen mis ravioli con estofado?
    –Eres el mejor
    –No tan bueno como el inspector Cané de tus novelas, que a ese no se le escapa un asesino y es mucho más guapo y seductor que tu tío.
    –Bueno, yo no veo tanta diferencia. Lo he adecuado un poco al gusto popular, pero yo te prefiero a ti así como eres.
    –Venga, a todos los tíos les dirás lo mismo
    –No, sólo a ti te hago la pelota y eso para asegurarme que sigo siendo la prefe...
   – Vale, ¿quedamos para mañana, entonces?
   –Mañana sobre las ocho u ocho y media en tu casa, yo llevo el vino.
   –Vale, pues. Hasta mañana
   – Hasta mañana.
Norah apagó el teléfono y se quedó pensativa. Ya tenía algo sobre lo que trabajar.   





                                                          (4)     
 
  Al terminar la cena en casa de los Nadaf, Maite se retiró con Lucía (que así se llamaba la niña) con el fin de disfrutar un rato del libro que Norah le había traído de regalo, antes de que tocara la hora de dormir.
  Norah y Miquel pasaron a la sala biblioteca donde este último sirvió dos copas de Oporto mientras Norah acomodaba las piezas de ajedrez sobre el tablero para disputar la clásica partida que venían sosteniendo repetidamente desde que Norah era apenas una niña. Norah se dio por vencida en un tiempo desusadamente corto para una lucha entre dos rivales que, en todo caso, ostentaban fuerzas bastante equilibradas. Al ver que en menos de diez jugadas Miquel le daría jaque mate, Norah empujó suavemente su rey hasta que éste cayó derrotado sobre el tablero.
   La falta de su habitual concentración en la partida por parte de Norah no había pasado desapercibida a su tío, a quien no solían escapársele estas cosas y mucho menos en el caso de su sobrina preferida. De ahí que, luego de una pausa en la que ambos bebieron otra copa de Oporto, Miquel preguntó a boca de jarro:

–¿ Qué le preocupa hoy a mi sobrina?
–No sé, supongo que es ese algo que me ronda la cabeza desde hace días y que quería comentar contigo –respondió Norah, comenzando a animarse.
–Y ¿ qué es ese algo que no te deja vencer al viejo maestro?
–Verás, he estado pensando en esos asesinatos que parecen estar relacionados entre sí y me pregunto si podía ser un tema para mi próxima novela. El caso es que estoy un poco atascada y he pensado que una historia real me podía servir como punto de partida para romper el hielo, no sé…
–Y quieres que tu tío, el gran inspector Clouzot, te ayude a hacerte una composición de lugar...
–Sí, algo así, no sé qué te parece.
–Bueno, por mi parte no hay problema siempre que la información que te dé te la guardes para ti y para tu obra de ficción hasta que se cierre el caso. Pero, de todas maneras, me llama la atención que encares un tema, digamos policial. Hasta ahora, pese a que tus personajes siempre están rondando de alguna manera el límite de lo legalmente correcto, nunca habían aparecido asesinos en tus obras.
–Sí, es verdad, pero en este caso no me interesan los asesinatos en sí mismos sino la personalidad del asesino. La que yo me estoy inventando, claro, que seguramente no va a coincidir para nada con el asesino real que estoy segura vas a atrapar en cualquier momento.
–Bien, y ¿ qué quieres saber?
–Bueno, ya sé que las víctimas son todas mujeres entre treinta y cuarenta años, que todas han sido asesinadas dentro del área del casco antiguo de la ciudad...
–Sí –se apresuró a responder Nadaf–, y esto me recuerda que debes andar con mucho cuidado, porque tú encuadras precisamente dentro de ese perfil, e incluso  he pensado que te vengas a pasar una temporada con nosotros hasta que esto acabe.
–Bueno –respondió Norah, divertida– lo consideraré, pero no creo que se atreva conmigo.
–No sé, tú te lo tomas a broma pero yo estoy hablando muy en serio.
–Vale, ya hablaremos de eso...sigo: no ha habido agresión sexual ni robo  en ninguno de los casos y todas han sido muertas por un solo golpe de estilete que les ha atravesado el corazón...
–De acuerdo, sí –continuó Nadaf–, pero ahí se acaban las coincidencias, aparte de una cierta unidad de estilo en el vestir y un nivel social y cultural bastante uniforme en el que tú, por cierto, encuadras también a la perfección.
–Y ¿ fuera de eso? – inquirió Norah empujando hacia el tema que a ella más le interesaba.
–Fuera de eso, una casada, una divorciada y una soltera. Fuera de eso, dos de cabello castaño oscuro y una rubia muy blanca de ojos muy claros. Fuera de eso, una murió en su propio piso, otra en el portal de una residencia ajena y la otra en un palco del Teatro Principal durante la representación de una obra hasta ahora inédita de Peter Brook. Fuera de eso, nadie ha visto al asesino, no hay ninguna huella ni pista ni rastro ni nada de nada. Así que, de momento, toda fantasía que tú tengas al respecto es tan válida como cualquier otra. De modo que ¿por qué no me cuentas tu versión de la historia?
–Vale, verás, yo veo a un hombre de una inteligencia superior, quizá un centroeuropeo, ni joven ni viejo (aunque en esto quizá me estoy dejando influenciar por un individuo que ví esta mañana en la librería, cuando buscaba el libro para Lucía...)
–No me asustes, Norah – dijo rápidamente Nadaf, sin indicios de ironía.
–Por favor, tío, ya te dije que nadie se atreve conmigo, sigo: Yo digo que está jugando, que no es el típico psicópata que busca que lo atrapen. Se arriesga, eso sí, porque es parte del juego. Pero quiere ganar, ya lo ha hecho antes en otros sitios y nunca lo han atrapado ni han estado cerca de hacerlo. Establece unos parámetros y se ciñe a ellos: la zona donde opera, que quizá es la misma zona donde vive, el tipo de víctima que elije, aunque aquí no estoy tan segura...
–¿Por...? –la animó Nadaf, visiblemente interesado.
–Porque yo digo que el hombre no elige las víctimas sino que las... detecta...
–No entiendo... –volvió a animar Nadaf a Norah
–Sí, algo como que no mata a cualquiera sino a las que se lo piden...de alguna manera, quiero decir...Digamos que él tiene la capacidad de detectar a  esa clase de personas y se toma todo el tiempo que haga falta. Quizá flirtea con una serie de mujeres antes de dar con la que le pide esto...de alguna manera...
–Y tú crees que  existe esa clase de personas...de mujeres, en este caso...
–No sé, pero la idea me viene de una novela que leí hace tiempo.
–Y es sólo un juego, conmigo en este caso...
–No, en parte también, pero el juego principal es con las víctimas. El verdadero juego.
–Y, ¿ qué tipo de relación mantiene con las víctimas antes de llevar a cabo el crimen?
–Una relación sin sexo. Un juego de poder. Las lleva a que se lo pidan, todavía no sé muy bien de qué manera, pero es como si condujera con su inteligencia y su perversidad la voluntad de las víctimas que ya, en todo caso, tienen que estar propensas a todo ello.
–Y ¿ qué más?
–De momento nada más, tío. Recién empiezo y esto de escribir novelas suele llevar unos cuantos meses.
–Bueno, como novela no está mal, pero a mí no va a servirme de mucho. En cuanto a ti, si te parece, te pasas uno de estos días por mi despacho y te muestro todo lo que hay. Que no es mucho. por cierto.
–De acuerdo, trato hecho. Y yo te dedico la novela.
–¿Otra vez?
–Bueno, sí. Eso va a ser un problema, claro...



                                                            (5)


   Los días que siguieron a la cena en casa de su tío, Norah estuvo bastante activa esbozando el argumento de su nuevo libro y rellenando fichas aquí y allá con escenas y detalles que se le iban ocurriendo. También se dedicó a pasear por el casco antiguo mirándolo todo con nuevos ojos en la medida en que ese entorno iba cobrando una importancia cada vez mayor. Norah empezaba a verlo como una metáfora de otras cosas. La idea de un universo deliberadamente acotado siempre le había resultado a Norah atractiva. La idea de limitar la vida a una serie determinada de cosas y, dentro de eso, encontrar alguna especie de plenitud.
   Alessandro Baricco lo había plasmado de manera insuperable con aquello de las ochenta y ocho teclas del piano de Novecento. Sólo que aquí el juego se tornaba perverso, aunque esto no era precisamente un contratiempo para Norah que siempre había puesto una dosis más o menos importante de este condimento en sus trabajos anteriores.
  Ahora, Norah se detenía a observar cada portal, cada pequeño negocio, cada balcón, cada recodo de una calle, el empedrado, en fin, cualquier detalle que contuviera la esencia de la idea general. En esto se le ocurrió anotar que el asesino evitaría aquellas partes de la zona que aún no habían sido restauradas y enseguida se le ocurrió la idea de trazar un mapa del territorio en el cual su personaje estaría dispuesto a actuar. Esto acotaba aún más la zona de acción. Pensó en comunicarle esta idea a Miquel Nadaf por si le podía ser de utilidad y esto le hizo sonreír para sí misma,  imaginando que su tío la recibiría con disimulado escepticismo y enseguida se olvidaría de ello.

    Otra cosa que Norah repitió en esos días, aunque esto lo hacía movida por impulsos menos claros y conscientes que el resto de sus paseos, fue su visita a la librería de viejo donde había visto a aquel hombre que ahora era la imagen de referencia que había adoptado para su personaje, abandonando la de los dos famosos actores a los que había acudido anteriormente para fijar en su mente el físico que ejecutaría las acciones en la ficción de su nuevo libro. Cada vez, Norah no podía evitar el buscar con la mirada la presencia de aquel hombre y siempre se marchaba de la librería con una cierta sensación de frustración al no dar con aquella figura y aquella mirada que, de alguna manera, le habían fascinado.

   Uno de esos días, Norah fue a ver a Nadaf a su despacho y éste le facilitó copias de toda la documentación de que se disponía: fotos de las víctimas (antes de los asesinatos y después), informe de los inspectores de Homicidios que actuaban en el caso, del forense que se había ocupado de todas las autopsias, etc.
   Norah no encontró nada interesante en todo este material. Tal como había dicho el tío Miquel, no había pistas que siquiera esbozaran un camino de investigación. Norah estuvo revisando el material en su piso y luego lo archivó cuidadosamente, por si acaso. Intentó avanzar con la historia pero el choque con la realidad de los hechos le había producido un cierto bloqueo. Así que decidió salir a respirar un poco del entorno y a dejar volar la fantasía. Como en tantas otras ocasiones, no pudo evitar entrar en la librería, aunque a estas alturas ya se había percatado de sus impulsos inconscientes y se había impuesto la determinación de no esperar irracionalmente encuentros mágicos. Estuvo un buen rato hojeando toda clase de libros y revistas hasta dar con un ejemplar de Cahiers du Cinema  de los años setenta en el que aparecía una reseña sobre Moderato Cantábile, el film de Peter Brook  basado en la novela en la que Norah había basado su idea de las víctimas que reclaman a su asesino.

–Un film muy interesante –dijo la voz a su espalda– de los que ya a casi nadie interesan, por cierto…

   Norah supo de quién se trataba mucho antes de girarse para encontrar el rostro de Hans Grüber. Más tarde podría recordar que, incluso antes de enfrentarse con ese rostro, hubiera podido describir cada rasgo del mismo y, sobre todo, lo que expresaban los ojos del hombre. Había allí una mezcla extraña que se podría definir como la mirada de un depredador que acecha a su presa, a la que se superponía una sonrisa divertida, esa sonrisa en los ojos que podría ser la de un padre que estuviera jugando con su hija pequeña.

–Estoy de acuerdo –respondió Norah, sin perder la compostura. Y luego de una pausa continuó–, ¿nos conocemos?

–Yo creo que sí, ¿y usted?...–respondió el hombre sin dejar de sonreír.

   Norah no supo qué responder a esa pregunta. Simplemente se quedó mirándole mientras intentaba tomar una decisión. No tuvo que pensar mucho porque Grüber le allanó el camino rápidamente.

–¿Le parece que tomemos un café?, sólo tenemos que cruzar la calle y ya tenemos un lugar estupendo y acogedor, por eso me gusta esta zona de la ciudad, todo lo que uno necesita se encuentra siempre muy cerca.

Esto último lo dijo con un sutil énfasis, o al menos eso le pareció notar a Norah. En todo caso, un motivo más para que una personalidad como la de la muchacha no pudiera rehusar la invitación....

-          ¿Por qué no? –dijo Norah, casi sin pensarlo- A esta hora del día y con tanta gente alrededor no creo que vaya a correr ningún peligro…

Durante la breve pausa que siguió a la respuesta de Norah las miradas se mantuvieron fijas la una en la otra. La de Grüber seguía siendo divertida. La de Norah, como si aceptara implícitamente el juego, empezó por ser desafiante para acabar pareciéndose a la de su oponente. Más tarde Norah se preguntaría si este cambio entrañaba una claudicación o bien una muestra de que estaba a la altura de su adversario.

- Por supuesto –dijo finalmente Grüber, de día y rodeados de gente la ventaja es siempre para la dama…

                                                          (6)

  Horas más tarde y ya en su piso, Norah se recostó contra los cojines de su cama, encendió un cigarrillo y empezó a repasar el encuentro con Grüber (¿ por qué pienso en el como Grüber si quedamos en que lo llamaría Hans? -pensó enseguida).
 La conversación había tenido  un poco de todo. Por supuesto Norah le había contado que era escritora y esto los llevó a hablar durante un rato de literatura. Grüber se reveló como un tipo culto y con buenos gustos literarios, pero Norah se interesó más en averiguar de dónde era oriundo Grüber y qué estaba haciendo en Palma de Mallorca. Resultó que era de XXXX, un pueblo pequeño, cerca de Frankfurt y que estaba auditando una empresa hotelera de Palma para un posible comprador de la misma en Frankfurt. Norah preguntó de qué grupo hotelero se trataba, pero Grüber se las arregló para evitar una respuesta concreta.
 Los siguiente que Norah repasó fue si había habido algún atisbo de perversidad en las palabras o los gestos de Grüber, pero no encontró nada significativo salvo en el momento de la despedida, cuando Grüber, volviendo a exhibir esa mirada sonriente, le dijo: Por cierto, ¿sabe que usted tiene un algo como de Jeanne Moreau?, momento en el que Norah sintió que la mirada del hombre penetraba dentro de ella de una manera casi obscena. Aunque ahora ella no estaba del todo segura que fuese así o bien se lo había parecido por el hecho de que esa era justamente la actriz que había interpretado el film de Peter Brook sobre la novela de Marguerite Duras.
  Lo siguiente que hizo Norah fue plantearse una tarea de investigación que iba a dejar para el  día siguiente ya que le iba a llevar un cierto trabajo y estaba un poco cansada, pero antes de dormirse decidió que no le contaría a su tío el encuentro con Grüber, para no preocuparlo.

                                                                  (7)

  La investigación de Norah consistió, en primer lugar, en recorrer en el Google map el pueblo de donde provenía Grüber. Enseguida descubrió que había allí un casco antiguo muy parecido al de Palma, que era donde vivía Norah y también el alemán. Lo siguiente fue acudir a Chat gtp y esto resultó,  más que una sorpresa, una confirmación de lo que Norah casi no se había atrevido a sospechar. El caso es que en XXXXX se había producido asesinatos de mujeres con el mismo patrón de los que estaban aconteciendo ahora en Palma. A partir de allí, una parte de Norah le decía que debía ponerse en contacto con su tío Miguel y trasmitirle lo que había descubierto. Pero otra parte de sí misma la empujaba en una dirección muy distinta. Se sentía atraída por el juego al que aparentemente la estaba invitando Grüber e hizo el mayor esfuerzo en convencerse de que ella podía manejar la situación y seguir jugando a ese juego perverso. Pero tenía dos días para tomar una determinación, puesto que había quedado para el viernes en volver a verse con Grüber en el mismo café donde habían estado el día anterior.

                                                                  (8)

     Ambos había pedido un brandy añejo además del excelente café que servía el local. Norah no había llamado a su tío y había decidido continuar con la partida, solo que no estaba segura de con quién era dicha partida. Si con Grüber o consigo misma. Y tampoco tenía claro cual de las dos cosas era más inquietante. Sentía como que se estaba metiendo en un terreno demasiado peligroso que le daba miedo pero que, a la vex, la atraía como una marea a la cual no tenía fuerzas para resistirse. Habían estado hablando un poco de literatura pero la conversación estaba decayendo como si ambos estuvieran esperando el momento de ir a lo que verdaderamente les interesaba. En eso, Grüber hizo la proposición.
- Soy consciente de que no soy Belmondo -dijo, con aquella sonrisa mitad juguetona, mitad perversa- pero ¿ te gustaría que la próxima copa la tomemos en mi piso? Tengo la misma marca de brandy.
- ¿Por qué no? -respondió Norah un tanto precipitadamente- después de todo yo tampoco soy Jeanne Moreau.
- Bueno -dijo él, penetrándola con la mirada- yo no me refería tanto a la actriz como al personaje.
   En este punto Norah sintió que la marea la arrastraba irrevocablemente. Los dos brandy que había bebido acentuaban la sensación de vértigo.
- Entonces -insistió Grüber- ¿vamos?
  
                                                                (9)

 Norah despertó un poco mareada. En parte por el alcohol y en parte por lo intenso que había sido el sexo. Se quedó todavía un tiempo muy relajada, disfrutando. La habitación tenía una ventana que daba al mar. Norah no miró por la ventana, simplemente pensó: afuera el mar debe de estar muy quieto...y la Luna, brillante y quieta sobre el mar. Luego pensó en girarse hacia Hans y en darle las gracias y en decirle que era la primera vez que lo había conseguido, pero enseguida supo que no había ninguna necesidad, que, de alguna manera, él lo sabía. Que él podía leerla con esa mirada que la dejaba totalmente a su merced, que la abarcaba y la dominaba, que la volvía vulnerable y mujer.
  Después, cuando Hans le confesó que en realidad no era un auditor empresarial sino un agente de la ley que estaba en Palma con la misión de encontrar a un asesino en serie que había actuado antes en su pueblo de Alemania y que ahora lo estaba haciendo en Mallorca, Norah, que de alguna manera se sintió decepcionada, atinó a preguntar: Y ¿ quién me dice que ese asesino no eres tú mismo?
 Grüber se limitó a sonreír, sabiendo que aquello solo iba a funcionar mientras el juego se siguiera jugando.
  Semanas más tarde, cuando Miguel Nadaf consiguió atrapar al asesino gracias al aporte de Grüber y centrando la investigación en residentes alemanes ubicados en aquella zona tan acotada del casco antiguo, Grüber volvió a Alemania. El hechizo se había roto y Norah se despidió de él amistosamente. Ya de vuelta en su casa, Norah se dijo: Vale, fue bueno mientras duró y, además, tengo material para mi novela...  

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