(2)
LA GRAN CIUDAD
Lo primero era el olor. El olor de la gasolina y el olor que emanaba de las bocas del Subte. El olor no era agradable, pero iba acompañado de una sensación agradable. Una especie de promesa de que allí podía suceder algo.
Buenos Aires
Desde luego, yo había estado allí en muchas otras ocasiones y nunca había sucedido nada especial, pero la promesa seguía estando, mezclada con el olor de la gasolina y el que emanaba de las bocas del subte.
Y esta vez yo venía para quedarme.
Me subí al taxi y le di la dirección. El apartamento quedaba en la calle Chenaut, entre las zonas de Belgrano y Palermo pero sin llegar a ser ni Belgrano ni Palermo, a la zona le llamaban Las Cañitas y el apartamento estaba más acorde con Las Cañitas que con Belgrano o con Palermo aunque quedaba justo entre ambos y quizá pertenecía a uno de ellos. Era un apartamento ínfimo, de un solo ambiente, con la cocina integrada y un baño ínfimo donde podías ducharte, mover el intestino y lavarte los dientes de un solo golpe. Juli lo tenía alquilado desde hacía algo así como medio año, pero no paraba por allí casi nunca y estaba debiendo tres meses de alquiler. Juli llevaba yendo de la casa de Karina Malher a la casa de Rayito Alonso y viceversa todo el año. Ya había cambiado de domicilio siete veces y, en todas las ocasiones se detenía un par de días en el apartamento de la calle Chenaut. Una parada estratégica. Después encontraba la forma de volver a su penúltima morada donde el confort era apreciablemente superior. Karina no se llamaba Karina sino Julieta y era actriz de televisión y un poco vedette. Rayito era azafata de Aerolíneas Argentinas. Juli tenía un gran talento para la música pero no trabajaba sobre ello. Su otro talento eran las mujeres. Juli dedicaba casi todo su tiempo a trabajar sobre ello. Juli era el mejor amigo que yo tenía por aquellos momentos, así que acomodé mis cosas en el apartamento y nos fuimos de inmediato al piso de Rayito que era donde Juli residía esa semana. Antes de eso nos bebimos la botella de J&B que yo había comprado en Aeroparque, tres cuartas partes Junior y una cuarta parte yo.
De momento, yo había decidido dejar la coca-cola.
El piso de Rayito estaba en la calle San Benito de Palermo, a siete u ocho cuadras del otro. También constaba de un único ambiente, pero era cuatro veces más grande que el de Juli y estaba obviamente puesto por una mujer. Alfombras, cortinas, cuadros, utensillos, olor agradable, baño completo, televisión, equipo de música, café, Valium, vino, whisky, galletas, cannabis, embutidos... y la yapa: Rayito volando por los cielos del planeta cinco días de cada siete. Juli me pasó una botella de Rincón Famoso y se puso a preparar una picada mientras yo descorchaba la botella y llenaba las copas.
–Estoy muy loco –dijo Juli–, tengo que conseguir un trabajo y volver con Julieta.
–¿En ese orden? –pregunté .
–Sí... más o menos.
–Y ¿qué pasó con Cuarta Dimensión?
–Nada. Lo de siempre. Pablo se fue de gira con Piazzola y lo demás no se sostenía. Solo que Daniel y los otros leen música y trabajan en grabaciones...... tengo que ponerme a estudiar....
Ya eran tres cosas: conseguir un trabajo, volver con Julieta, ponerse a estudiar....
–Ya – dije yo.
La picada era de primera, quesos argentinos, jamón español de Jabugo, aceitunas italianas.El vino de Mendoza, excelente. A mí no me parecía tan buena idea que Juli tuviera que volver con Julieta.
Juli puso un disco de George Benson y empezó a acompañarlo con su guitarra. Era una guitarra eléctrica nueva que le había comprado Rayito. Sonaba muy bien.
Cada vez me parecía menos claro lo de volver con Julieta.
Juli tenía por lo menos tan buen gusto como Benson para tocar la guitarra pero se cansaba pronto. Tan pronto como comprobaba que, si quisiera, sería capaz de conseguirlo.
Juli dejó de tocar, apagó el tocadiscos y abrió otra botella de Rincón Famoso. Sirvió las copas y volvió a la guitarra. Empezó a tocar algo suyo. El tema me era conocido. Iba a ser una noche larga con mucho vino de Rayito y mucha Julieta navegando en el vino. En fin, yo podía permitirme un par de días antes de ponerme a pensar en la forma como iba a conseguir mi propio sustento. Miré mi reloj de pulsera. Eran apenas las once y media de la noche....
Tres días más tarde yo había pagado los atrasos del apartamento y me estaba presentando a Gerardo. Gerardo era un conocido de mi hermano. El y otros dos o tres tipos tenían una empresa de computación. Importaban computadoras usadas, las ponían en forma y las vendían con un buen margen. Gerardo era un tipo más bien gordo y bastante afable.
Afable, pero lúcido.
–Me dijo tu hermano que sabías programar estas cosas…
–Sí.
–Ya.
–…
–…
–Bueno, se trata de hacer una facturación y una contabilidad…
–Ya.
–…
–…
–…
–Vamos a ver, el problema es que yo no te conozco. Conozco a tu hermano.
Tu hermano es un tipo sólido…
Tu hermano es un tipo sólido…
–…
–Pero el caso es que yo también tengo un hermano. Yo a mi hermano lo quiero un montón, pero no se me ocurriría darle un trabajo para que me dejara bien, ¿me entendés?
–...
–Quiero decir, mi hermano es un buen tipo, pero es un poco díscolo y no es muy eficaz haciendo un trabajo…
–Ya.
–…
–…
–Quiero decir: ¿vos creés que podés hacer el trabajo bien y en tiempo? Porque, si no, esperamos a que salga algo menos comprometido y vamos probando. Yo, a tu hermano le debo un par de favores…
–…
–…
–Mirá, si te parece yo empiezo el trabajo y te lo voy mostrando. Cuando vos creas que te podés fiar, me empezás a pagar. Si no te gusta, lo dejamos y no me pagás nada.
–...
–…
–…
–¿Qué?
–…
–…
–Aquí tenés la dirección y el teléfono del cliente. Decile que vas de parte mía. Yo lo llamo antes para avisarle… ¿Querés tomar algo? te invito.
–Quiero.
Así de simple.
Yo tenía problemas con muchas cosas pero ninguna de esas cosas tenía que ver con el hecho de conseguir un trabajo ni de hacer un trabajo.
Yo tenía un don.
Podía hacer muchos trabajos en menos tiempo y con mayor eficacia que la mayoría. Podía aprender a hacer un trabajo de forma casi inmediata. Captaba la cosa inmediatamente con un mínimo de elementos. Etcétera.
A la vez, tenía una tara.
No me importaba el dinero ni el trabajo.
No sentía el menor respeto por ninguna de las dos cosas.
El Señor te lo da y El Señor te lo quita.
Qué le vamos a hacer.
Pero, de momento lo que importaba era el don. Ya tenía un trabajo y un sitio donde dormir, mover el intestino y ducharme.
Estaba instalado
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