miércoles, 3 de junio de 2020

The wire

   Como mi joven amigo Pep no lo entiende y su padre, mi viejo amigo Rafael, tampoco, lo explicaré de otro modo. Aprovecharé que ellos me recomendaron la serie "The wire" para utilizarla como metáfora de lo que quiero señalar.
   En esta serie, durante ene temporadas y muchos capítulos, unos policías intentan acabar con una banda de "afros" traficantes de drogas en la ciudad de Baltimore. Luego de mil acciones infructuosas y a pesar de las escuchas por fin autorizadas por las autoridades superiores, uno de los agentes suelta la frase clave: "hay que seguir el rastro del dinero". Puestos a ello, acaban por trincar a un senador directamente implicado en el asunto. Cuando lo interrogan, el político se ríe y les dice a los policías que no tienen la más remota ideo acerca de qué se trata este asunto. Les dice que él mismo no es nadie, que es un mero peón sin importancia, que la cosa se cuece mucho más arriba, en un estadio al que ellos nunca podrán llegar. Finalmente, la red de "afros" queda desarticulada solo para ser sustituida por nuevos elementos que van suplantando todas y cada una de las figuras clave de la organización...y todo sigue como estaba.
   Dicho esto, mis amigos consideran esta serie como una de las mejores que se hayan hecho, pero se abstienen de extrapolar la moraleja. Por eso no entienden que yo diga que me dan igual los políticos de izquierdas o de derechas o de centro. No entienden que, para mí, los políticos son los "afros" de la serie, que no importan, que si los trincas se verán sustituidos por otros similares. Que hay que seguir el rastro del dinero para saber por qué las cosas suceden como suceden y quién se beneficia REALMENTE y en qué medida, de todas las corrupciones que se detectan y las que no se detectan. No es tan difícil de deducir: al final de la cadena están los que blanquean el dinero, los que financian a los políticos, los que están en más consejos de administración de los que permitía la ley después de controlar mínimamente a los Morgan y compañía hace un siglo, más o menos, y que luego decidimos dejar de controlar, etc. etc., etc.      

Y esta es la última vez que me ocupo de hablar de "afros". Sinceramente, me aburre.

martes, 12 de mayo de 2020

LA CULPA NO ES SOLO DEL CHANCHO (sino también del que le rasca el lomo)

Según se deja saber en la película que dirigió George Clooney, el periodista Edward Mullrow apelaba a las palabras de William Shakespeare para venir a señalar lo que el título de este texto expresa de un modo harto más coloquial. Como habrá notado mi hipotético y poco probable lector, en mis reflexiones no dejo de abundar en este tema. Cada vez que Chisum (mi caprichoso arquetipo del poderoso) da un nuevo paso en su inexorable avance hacia el poder más absoluto, increíblemente avalado por la distracción del ciudadano de a pie, me pregunto hasta dónde vamos a seguir durmiendo esta siesta, hasta cuándo vamos a seguir rascando el lomo del chancho, tan campantes.
  Y, tristemente, me respondo: hasta el día del juicio final, vea.
 

NUNCA TANTOS HABRAN DEBIDO TANTO A TAN POCOS

   Antes, hace unas décadas, las cosas estaban más claras, eras de izquierdas o eras de derechas. Para posicionarte en una de estas bandas habían dos criterios, a saber: el ideológico y el utilitario. Decidías qué tipo de gobierno era mejor para tu país y para el mundo (5%) o decidías qué tipo de gobierno era más conveniente para tus intereses particulares (95%). Desde luego, tanto dentro de la izquierda como de la derecha había una variedad de opciones o matices entre los que elegir, pero, aún así, las cosas estaban bastante más claras. Mas luego, con el desarrollo de los medios audiovisuales, el advenimiento de los politólogos y el desgaste de las ideologías, ese esquema fue perdiendo vigor. Así fue que la línea que separaba el blanco del negro se fue transformando en una zona gris cada vez más extensa y más turbia. Las izquierda empezaron a transar con "los mercados", las derechas empezaron a "solidarizarse" con cada vez más "minorías desatendidas", etc., todo con el fin de robar unos votos aquí y allá al bando contrario. Todos se volvieron más "pragmáticos" y menos predecibles. Y cada vez más parejamente corruptos. El discurso se atomizó y empezó a volverse cada vez más inmediato. La idea de Estado pasó a dar lugar a la mera descalificación del oponente en base a los argumentos más pueriles y groseros. Si el otro dice blanco, yo digo negro. Y viceversa. Sin ningún criterio y menos pudor. Así, mientras el votante dejaba de prestar atención a las cuestiones más básicas para apasionarse por el último cotilleo mediático, al nivel más alto, sin que el personal se enterara de la película y contando con la cómplice distracción de los dirigentes tirios y troyanos, los controles sobre el poder financiero, tan bien defendidos por el famoso Juez Louis de Brandeis ("El dinero de los otros") y más o menos asumidos por los gobiernos democráticos desde principios del siglo XX, se fueron relajando rápidamente hacia el último cuarto de ese siglo, con las consecuencias que a la vista están: concentración de TODO el poder en manos del negocio financiero omnipresente en TODOS los consejos de administración de las grandes empresas que antes equilibraban en alguna medida las influencias económicas sobre el político profesional; un puñado de grandes Bancos con participación accionarial de unos en los otros y con un poder tal que incluso mandan en la Reserva Federal de U.S.A. y tienen a su cargo la decisión sobre la emisión de moneda; el abandono de un respaldo tangible para la moneda en beneficio de un sistema basado en "la confianza"; la acumulación de cada vez más dinero en menos manos, etc.

   Dicho todo esto, no deja de llamar la atención el hecho de que el ciudadano común sigue creyendo que unos políticos son sensiblemente mejores que otros.

   En medio de este nuevo orden de cosas, viene a aparecer la providencial irrupción del virus de la corona llevando a extremos aún más peligrosos la distracción de los ciudadanos que, ahora, se dedican a contar los muertos, aplaudir inopinadamente desde sus balcones, ponerse las mascarillas mientras pasean al perro que va pisando y olisqueando todos los virus que encuentra por el camino. Ciudadanos que se van acostumbrando con pasmosa celeridad a lo que ya se está anunciando como "la nueva normalidad" y sin preguntarse qué carajo quieren decir con este siniestro preaviso. Tampoco se pregunta el ciudadano A QUIEN vamos a deber los cientos de miles de millones de euros que los gobiernos tan generosamente piden prestados para aliviar nuestras posibles penurias.

Y de ahí la paráfrasis del título, por si hiciera falta una explicación.

En suma, cada vez más, todo el poder para los Rothschild, los Morgan, los Rockefeller, los Warburg, etc.

La otra opción son los chinos...ya me dirás.



 

miércoles, 22 de abril de 2020

El virus VPC


       Una pandemia mucho más peligrosa que la que nos entretiene en estos días, y que ha permanecido ignorada o favorecida por las autoridades que con tanto celo nos quieren ahora proteger del virus de la corona, es la provocada por el virus de lo políticamente correcto (VPC).

       el VPC, si no nacido (parece difícil establecer el origen de los virus) en lo cenáculos de Hollywood pero sí difundido con admirable eficacia hacia el resto del Orbe por la élite de la industria cinematográfica más inopinadamente "progresista", no parece tener, a diferencia de los otros virus conocidos, la capacidad de generar anticuerpos.

       Otra característica diferencial del VPC es que se muestra capaz de infinitas mutaciones. Así, de ser el virus que atacó, por ejemplo, a los dignos defensores de los derechos de la mujer, enfermándoles de un feminismo rencoroso y falaz, pudo mutar (también por ejemplo) a una sub especie que transforma a los que legítimamente aman a su perro en agresivos acosadores del ciudadano que disfruta de un bistec en el restaurant de la zona.

      La peor consecuencia de esta pandemia, a mi humilde modo de ver, viene a ser la progresiva pérdida del sentido del humor, cosa que los propios contagiados pretenden sustituir por cursos de risoterapia, una nueva rama de la psicología que promete mayor salud mental a sus clientes en base a la práctica de una risa light practicada en grupo, principalmente.

      Otro rasgo peculiar del VPC es que sus únicas víctimas en peligro de muerte son los no contagiados o inmunes. El VPC mata de forma indirecta. No da la cara. Es un virus cobarde.
Mata lentamente. Mata de tristeza y soledad.



                                                                               Y no habrá vacuna, me lo crea.

lunes, 20 de abril de 2020

Si me preguntan, respondo

       X vuelve a acusarme. Dice ahora que mis exposiciones son políticamente ambiguas, que no se sabe de parte de quién estoy, que ejerzo de francotirador autónomo, por decirlo con mis propias palabras.
        Dice X que ataco a un poder abstracto ("los poderosos", "los fuertes", "Chisum"), pero no les pongo cara ni nombre propio real.
        Dice X que culpo al hombre de a pie de todos los males que ese poder abstracto le inflige.
        Dice X que tampoco le aporto o sugiero al tipo pedestre una fórmula, un modo de defenderse de los males a los que aquel poder le somete.


        Intentaré responder. Mis opiniones no quieren ser políticas, simplemente me limito a observar lo que sucede y a expresar mi opinión sobre lo que sucede. Mis opiniones no pueden ser políticas porque la política, tal como la entiende X, hace tiempo que ha dejado de existir y justamente ahora, ante esta circunstancia vírica, es cuando ha quedado más en evidencia lo que acabo de señalar.
       X cree, X quiere creer, que aún hay derechas e izquierdas- X quiere entrar en el futuro reculando, como decía McLuhan, mirando p'atrás, o sea. Ahora, la única política real que existe es una política privada que transcurre en cenáculos a los que no suelen estar invitados los políticos profesionales y, en caso que se les invite, sólo pueden acudir como sumisos oyentes. Y esto contesta en parte la segunda inquisición de X, en lo que se refiere al mundo judeocristiano. En estos cenáculos es donde se diseña la imposición de unas normas que luego se recomiendan al tipo pedestre a través de políticos profesionales y  periodistas de todo tipo. En otros ámbitos (China, Rusia, el mundo musulmán), las normas se imponen mediante la violencia más o menos explícita del Estado o de la Religión. Porque estamos ante una lucha de, principalmente, tres grandes contendientes, a saber: El mundo judeocristiano occidental, China y posibles aliados, y el mundo musulmán. Desde luego es pronto para saber cómo se irán alineando los diversos actores a lo largo de esta confrontación. En qué bando estarán Rusia o Japón o India es algo que no se sabrá hasta que las cosas se vayan calentando.
   Pero X quiere seguir pensando en términos de partidos políticos locales (populares, socialistas, podemitas, fachas, nacionalistas, etc.) y me pide una definición en una contienda menor que no me interesa para nada. Sobre todo ahora que ha quedado bien claro que todos estos actores de reparto apuntan en la misma dirección.
    En cuanto a que culpo al hombre de la calle de todos sus males... pues, sí. Porque, lo mismo que X, el tipo pedestre no quiere saber lo que realmente pasa.
    Y, por último, lamento decir que no tengo ninguna solución que aportar. El mundo seguirá el rumbo que determinen los ganadores y nosotros lucharemos en el bando que nos toque para mayor gloria de los que nos conduzcan, como siempre.
    Mientras tanto, nuestro equipo judeocristiano necesita soldados obedientes y baratos.

                                                                                En eso estamos.
 

El virus y el síndrome de Chamberlain

El título es suficientemente  elocuente, creo.

El dia después

 


 

 

            Dejó dicho Borges, allá por 1946, que "el más urgente de los problemas de nuestra época (ya denunciado con profética lucidez por el casi olvidado Spencer) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo...". Setenta y tantos años después, el adjetivo "gradual" corre el riesgo de pecar de tímido o excesivamente prudente. A la vista de los últimos acontecimientos es evidente que aquella intromisión progresa de forma uniformemente acelerada y promete dotarnos de "un Estado infinitamente molesto –por utilizar un epíteto piadoso"– como también dejara dicho el escritor argentino treinta y tantos años más tarde y en medio de la dictadura de su país…

            Así, el mundo que nos espera una vez superada esta "crisis sanitaria", amenaza con convertirse en una dictadura auto infligida por el dichoso "pueblo" y mucho más peligrosa para el individuo que aquellas impuestas desde arriba, en tanto la feroz vigilancia de cualquier transgresión al "bien común"  vendrá ejercida por el mismo dichoso "pueblo". El vecino se convertirá (ya se está convirtiendo desde hace tiempo, desde la propagación de esa otra plaga denominada "lo políticamente correcto") en un delator orgulloso de su civismo y dotado de la ferocidad propia de los débiles cuando se ven suficientemente respaldados y  eventualmente libres de su propia cobardía.

            El problema no es nuevo. Lo único nuevo es la velocidad con que se propaga el virus de la inopinada sumisión.

            Mientras tanto, el personal, ocupado en contabilizar las muertes que se le quieren comunicar, con la esperanza de acceder –en caso de necesitarlo– a un respirador y a una plaza en la UCI, va acumulando una deuda que únicamente podrá pagar con más y más sumisión sin enterarse, como siempre, de que lo del virus, por muchas muertes que aporte, resulta apenas anecdótico ante la "nueva normalidad" que ya nos anuncian los emisarios de Chisum (*).

(*) Ver la nota titulada Chisum y el homo intermedia en este mismo blog. 

martes, 7 de abril de 2020

Una de J.L. Borges

   La anécdota nos la refirió Félix de la Paolera ("Grillo" para los amigos), a Agustín Pereyra Lucena y a mí allá por 1984, en Buenos Aires.
  Como es sabido, Grillo era un amigo cercano de Borges y en ocasiones lo acompañaba con su coche cuando el escritor tenía que dar una conferencia fuera de la capital. En esta ocasión viajaban hacia la ciudad de, digamos, Santa Fe (los lugares me los invento dado que cuento esto de memoria y los detalles son irrelevantes). En un momento del viaje deciden hacer una parada  en una posada del camino para, digamos, tomar un tentempié. Cuando salen del establecimiento que, digamos, lleva el nombre  de "Posada García" y regresan al camino, dice Grillo:
       -Esta posada,  tenía antes otro nombre, ¿no le parece, Borges?
      - Sí -responde el escritor-, pero no recuerdo cuál.
      - Yo tampoco -dice Grillo, y ambos se quedan pensativos durante un par de kilómetros-.
  Siguen conversando de otras cosas, pero cada tanto se hace un silencio más prolongado de lo habitual y ambos saben que los dos se han quedado enganchados con el esquivo nombre que en otro tiempo tuvo la posada del camino.
  Por fin, y tras muchos kilómetros y otras tantas pausas de la conversación, Grillo exclama:
     - ¡Lo tengo, Borges! Se llamaba El Cisne Negro.
    - Ah -responde su compañero de viaje-, ssí, sí, El Cisne Negro, sí, es verdad...El Cisne Negro -y, a continuación agrega:- Y, ahora, Grillo, ¿qué hacemos con este tesoro inútil?..¿Lo volvemos a olvidar?

Y ahora digo yo: "¿Le mot juste?", pobre Flaubert...

lunes, 17 de febrero de 2020

Derechos y responsabilidades

Me parece correcto que se reconozcan determinados derechos a personas o colectivos que hasta la fecha se han visto privados de los mismos, pero únicamente a condición de que se les exija a dichas personas o colectivos las responsabilidades de las que hasta esta misma fecha se han visto exoneradas.