Una pandemia mucho más peligrosa que la que nos entretiene en estos días, y que ha permanecido ignorada o favorecida por las autoridades que con tanto celo nos quieren ahora proteger del virus de la corona, es la provocada por el virus de lo políticamente correcto (VPC).
el VPC, si no nacido (parece difícil establecer el origen de los virus) en lo cenáculos de Hollywood pero sí difundido con admirable eficacia hacia el resto del Orbe por la élite de la industria cinematográfica más inopinadamente "progresista", no parece tener, a diferencia de los otros virus conocidos, la capacidad de generar anticuerpos.
Otra característica diferencial del VPC es que se muestra capaz de infinitas mutaciones. Así, de ser el virus que atacó, por ejemplo, a los dignos defensores de los derechos de la mujer, enfermándoles de un feminismo rencoroso y falaz, pudo mutar (también por ejemplo) a una sub especie que transforma a los que legítimamente aman a su perro en agresivos acosadores del ciudadano que disfruta de un bistec en el restaurant de la zona.
La peor consecuencia de esta pandemia, a mi humilde modo de ver, viene a ser la progresiva pérdida del sentido del humor, cosa que los propios contagiados pretenden sustituir por cursos de risoterapia, una nueva rama de la psicología que promete mayor salud mental a sus clientes en base a la práctica de una risa light practicada en grupo, principalmente.
Otro rasgo peculiar del VPC es que sus únicas víctimas en peligro de muerte son los no contagiados o inmunes. El VPC mata de forma indirecta. No da la cara. Es un virus cobarde.
Mata lentamente. Mata de tristeza y soledad.
Y no habrá vacuna, me lo crea.
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