martes, 7 de abril de 2020

Una de J.L. Borges

   La anécdota nos la refirió Félix de la Paolera ("Grillo" para los amigos), a Agustín Pereyra Lucena y a mí allá por 1984, en Buenos Aires.
  Como es sabido, Grillo era un amigo cercano de Borges y en ocasiones lo acompañaba con su coche cuando el escritor tenía que dar una conferencia fuera de la capital. En esta ocasión viajaban hacia la ciudad de, digamos, Santa Fe (los lugares me los invento dado que cuento esto de memoria y los detalles son irrelevantes). En un momento del viaje deciden hacer una parada  en una posada del camino para, digamos, tomar un tentempié. Cuando salen del establecimiento que, digamos, lleva el nombre  de "Posada García" y regresan al camino, dice Grillo:
       -Esta posada,  tenía antes otro nombre, ¿no le parece, Borges?
      - Sí -responde el escritor-, pero no recuerdo cuál.
      - Yo tampoco -dice Grillo, y ambos se quedan pensativos durante un par de kilómetros-.
  Siguen conversando de otras cosas, pero cada tanto se hace un silencio más prolongado de lo habitual y ambos saben que los dos se han quedado enganchados con el esquivo nombre que en otro tiempo tuvo la posada del camino.
  Por fin, y tras muchos kilómetros y otras tantas pausas de la conversación, Grillo exclama:
     - ¡Lo tengo, Borges! Se llamaba El Cisne Negro.
    - Ah -responde su compañero de viaje-, ssí, sí, El Cisne Negro, sí, es verdad...El Cisne Negro -y, a continuación agrega:- Y, ahora, Grillo, ¿qué hacemos con este tesoro inútil?..¿Lo volvemos a olvidar?

Y ahora digo yo: "¿Le mot juste?", pobre Flaubert...

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