Antes, hace unas décadas, las cosas estaban más claras, eras de izquierdas o eras de derechas. Para posicionarte en una de estas bandas habían dos criterios, a saber: el ideológico y el utilitario. Decidías qué tipo de gobierno era mejor para tu país y para el mundo (5%) o decidías qué tipo de gobierno era más conveniente para tus intereses particulares (95%). Desde luego, tanto dentro de la izquierda como de la derecha había una variedad de opciones o matices entre los que elegir, pero, aún así, las cosas estaban bastante más claras. Mas luego, con el desarrollo de los medios audiovisuales, el advenimiento de los politólogos y el desgaste de las ideologías, ese esquema fue perdiendo vigor. Así fue que la línea que separaba el blanco del negro se fue transformando en una zona gris cada vez más extensa y más turbia. Las izquierda empezaron a transar con "los mercados", las derechas empezaron a "solidarizarse" con cada vez más "minorías desatendidas", etc., todo con el fin de robar unos votos aquí y allá al bando contrario. Todos se volvieron más "pragmáticos" y menos predecibles. Y cada vez más parejamente corruptos. El discurso se atomizó y empezó a volverse cada vez más inmediato. La idea de Estado pasó a dar lugar a la mera descalificación del oponente en base a los argumentos más pueriles y groseros. Si el otro dice blanco, yo digo negro. Y viceversa. Sin ningún criterio y menos pudor. Así, mientras el votante dejaba de prestar atención a las cuestiones más básicas para apasionarse por el último cotilleo mediático, al nivel más alto, sin que el personal se enterara de la película y contando con la cómplice distracción de los dirigentes tirios y troyanos, los controles sobre el poder financiero, tan bien defendidos por el famoso Juez Louis de Brandeis ("El dinero de los otros") y más o menos asumidos por los gobiernos democráticos desde principios del siglo XX, se fueron relajando rápidamente hacia el último cuarto de ese siglo, con las consecuencias que a la vista están: concentración de TODO el poder en manos del negocio financiero omnipresente en TODOS los consejos de administración de las grandes empresas que antes equilibraban en alguna medida las influencias económicas sobre el político profesional; un puñado de grandes Bancos con participación accionarial de unos en los otros y con un poder tal que incluso mandan en la Reserva Federal de U.S.A. y tienen a su cargo la decisión sobre la emisión de moneda; el abandono de un respaldo tangible para la moneda en beneficio de un sistema basado en "la confianza"; la acumulación de cada vez más dinero en menos manos, etc.
Dicho todo esto, no deja de llamar la atención el hecho de que el ciudadano común sigue creyendo que unos políticos son sensiblemente mejores que otros.
En medio de este nuevo orden de cosas, viene a aparecer la providencial irrupción del virus de la corona llevando a extremos aún más peligrosos la distracción de los ciudadanos que, ahora, se dedican a contar los muertos, aplaudir inopinadamente desde sus balcones, ponerse las mascarillas mientras pasean al perro que va pisando y olisqueando todos los virus que encuentra por el camino. Ciudadanos que se van acostumbrando con pasmosa celeridad a lo que ya se está anunciando como "la nueva normalidad" y sin preguntarse qué carajo quieren decir con este siniestro preaviso. Tampoco se pregunta el ciudadano A QUIEN vamos a deber los cientos de miles de millones de euros que los gobiernos tan generosamente piden prestados para aliviar nuestras posibles penurias.
Y de ahí la paráfrasis del título, por si hiciera falta una explicación.
En suma, cada vez más, todo el poder para los Rothschild, los Morgan, los Rockefeller, los Warburg, etc.
La otra opción son los chinos...ya me dirás.
Dicho todo esto, no deja de llamar la atención el hecho de que el ciudadano común sigue creyendo que unos políticos son sensiblemente mejores que otros.
En medio de este nuevo orden de cosas, viene a aparecer la providencial irrupción del virus de la corona llevando a extremos aún más peligrosos la distracción de los ciudadanos que, ahora, se dedican a contar los muertos, aplaudir inopinadamente desde sus balcones, ponerse las mascarillas mientras pasean al perro que va pisando y olisqueando todos los virus que encuentra por el camino. Ciudadanos que se van acostumbrando con pasmosa celeridad a lo que ya se está anunciando como "la nueva normalidad" y sin preguntarse qué carajo quieren decir con este siniestro preaviso. Tampoco se pregunta el ciudadano A QUIEN vamos a deber los cientos de miles de millones de euros que los gobiernos tan generosamente piden prestados para aliviar nuestras posibles penurias.
Y de ahí la paráfrasis del título, por si hiciera falta una explicación.
En suma, cada vez más, todo el poder para los Rothschild, los Morgan, los Rockefeller, los Warburg, etc.
La otra opción son los chinos...ya me dirás.
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