In memoriam E.G.
(I)
Hay, ciertamente, esas personas que representan la encarnación mas perfecta de la hipocresía.
El Hipócrita Perfecto (cuyas iniciales, curiosamente, son H.P) exhibe unas características muy concretas:
Busca el consenso apelando a las emociones más inocentes del personal.
Practica un buenismo teórico que no condice en absoluto con su íntimo proceder.
Apela al fácil recurso de asegurar aquel consenso en base a criticar a un tercero al que sabe que su interlocutor odia o desprecia.
Se expresa en un tono convenientemente suave, de modo que resulte cómodo para la víctima de sus falacias.
Se cuida muy bien de acercarse al grupo contestatario más a la moda y en lo posible más astutamente ambiguo en sus postulados (verbigracia, Socialdemocracia, izquierda anti comunista, Indignados, etc.).
(II)
Para H. nada había en el mundo más odioso que el Hipócrita Perfecto, lo que le llevó a seleccionar el H.P. más paradigmático que podía tener a mano para ejecutar lo que él consideraba un acto de ineludible justicia.
El azar le brindó a H. una oportunidad inestimable un buen día en que, recorriendo los anaqueles de una librería de su ciudad, coincidió con un escritor de éxito partidario que conjugaba todos los atributos del H.P. antes referidos y que a la sazón visitaba el mismo local.
Como la decisión de llevar adelante el afán de justicia de H. no resulta tan fácil de asumir, tuvo que acontecer un episodio que dudo en catalogar de fortuito y más me inclino a otorgar al Destino la puesta en escena de este modesto drama. El caso es que aquí es cuando interviene un tercer personaje encarnado en una dulce muchacha de muy joven edad que se va a convertir en el elemento definitivamente catalizador de esta humilde historia.
La chica se acerca tímidamente al exitoso escritor y, después de expresarle su inocente admiración, le entrega un manuscrito de su propia ejecución no sin disculparse por su atrevimiento pero con la natural esperanza de que el importante escritor lo vaya a leer algún día.
A continuación la muchacha, tan ilusionada como nerviosa, se apresura a abandonar la librería.
Casi inmediatamente , el Gran Escritor, Defensor de los Desvalidos y de los Humildes del continente, sin preocuparse por estar en presencia de otras personas entre las cuales se encuentra H., procede a depositar el manuscrito de la joven en la primera papelera que encuentra y se retira con aire majestuoso.
(III)
Dos meses más tarde, la prensa del país da por finalizado el misterio de la desaparición, días atrás, de un muy reconocido escritor al anunciar que el cadáver del sujeto en cuestión fue hallado en el edificio deshabitado de una antigua fábrica, hace años inactiva, en los suburbios de la ciudad. En la autopsia practicada al difunto se encontraron ingentes cantidades de papel en su estómago. Parece que se trataba de partes de un manuscrito, a la sazón ilegible. Por lo visto, el asesino o los asesinos torturaron a la víctima obligándolo a ingerir varios folios distribuidos en pequeños trozos. antes de proceder a matarlo o dejarle morir y elevarlo a la categoría de mártir de las Libertades y la Democracia. La prensa en general atribuye el crimen a supuestos sicarios de extrema derecha, aunque las investigaciones oficiales no aciertan a ninguna conclusión demostrable. El escritor es convenientemente glorificado de forma unánime tanto por progresistas como por conservadores y ya ha sido encargado un busto del Artista para ser expuesto in eternum en la céntrica Plaza de la Libertad , cosa que a H. no le hace ninguna gracia.
Pero, ya se sabe, no hay crimen perfecto.
NOTA DEL AUTOR: La anécdota de la chica y el escritor me la refirió una sobrina mía que trabaja en la librería donde se desarrolló ese pequeño y triste episodio. La sencilla trama, la puesta en negro sobre blanco y la dedicatoria me pertenecen.