PODER (y no poder)
(1)
Norah estiró el brazo, cogió el paquete de tabaco de la mesilla de noche, encendió un cigarrillo y se tomó su tiempo antes de hablar.
—Lo siento, no es culpa tuya... Supongo que no es culpa de nadie pero, en todo caso, no es culpa tuya.
Lo dijo sin mirarlo, como si hablara consigo misma.. No estaba amargada ni deprimida. No era ese tipo de persona. Comprobaba un hecho y solo cabía preguntarse: ¿por qué insistía en intentarlo? Pero era una pregunta que no se estaba haciendo en ese momento. Simplemente fumaba y esperaba a que Marcos (esta vez se llamaba Marcos) se decidiera a desaparecer de su cama, de su piso y, si fuera posible de su vida, lo más pronto posible.
Seguramente volvería más tarde sobre el tema y se cuestionaría su supuesta inteligencia. Había una infinidad de mujeres que no disfrutaban con el sexo, muchas más de lo que podía salir en cualquier informe seudocientífico; todos se basaban en una confesión de pocas mujeres dispuestas a hacerlo. Preferían fingir y asegurarse una vida más o menos normal.
Con los hombres, Norah no sabía muy bien qué pasaba pero, por razones obvias, el problema no podía ser exactamente el mismo.
Pero el caso es que ella no era una persona al uso. Era una mujer inteligente y emocionalmente fuerte. No estaba dispuesta a mentirse a sí misma y, en cambio, sí lo estaba a pagar el precio implícito en ello.
Marcos se lo puso fácil. Se abstuvo de hacer cualquier comentario, se vistió y se fue todo lo pronto que se puede esperar en un caso así, sin pecar de grosero. Marcos era un buen tipo. De no ser así, ella no habría caído en la inútil tentación de intentarlo una vez más.
Norah cogió el mando y encendió el televisor sin moverse de la cama. Iba a ser otra noche larga, había que pasarla y, en todo caso, no estaba en disposición de leer y, mucho menos, de tratar de escribir un poco. Los programas de televisión, pese a la avanzada hora de la noche, resultaban poco digeribles. Hizo zapping un buen rato hasta que se decidió por el canal de informativos. Le llamó la atención la noticia de la nueva faena del presunto asesino múltiple que en los últimos meses copaba los telediarios. Pese a considerar demasiado trillados y faltos de interés personal a los asesinos psicópatas, en serie, etcétera, este tenía un doble atractivo: actuaba en la zona donde ella vivía, y Norah llevaba un largo tiempo sin encontrar un tema para su nueva novela, por la que ya había cobrado un adelanto. Pensó que debía visitar a su tío.
Aparte de ser su tío preferido y el casi padre que apenas recordaba, era jefe del departamento de homicidios de la ciudad.
Norah, a sus nueve años, había perdido a sus padres en un accidente de tráfico y pasado los años siguientes en un internado en el extranjero, todo financiado por el tío Miguel. También había pasado sus vacaciones con la familia de él, y ahora vivían todos en la misma ciudad.
Las víctimas eran todas mujeres entre los treinta y los cuarenta años. Norah tenía treinta y tres y vivía en el casco antiguo de la ciudad, que era donde habían acontecido la totalidad de los crímenes, tres en poco más de un año, de momento. Pero esto no inquietaba en absoluto a Norah. El interés de ella estaba en intentar descifrar la psicología del asesino y ver si ello podía tener algún atractivo novelístico. Enseguida su imaginación comenzó a volar y prefirió pensar en un individuo particularmente inteligente, sutil y profundamente perverso Y capaz de ser encantador. Al buscar una referencia que encajara con la idea que se hacía de su personaje, Norah, que era marcadamente cinéfila, se inclinó por un tipo John Malkovic o Klaus María Brandauer. También decidió que su hombre no mataba a cualquiera sino sólo a mujeres que, de alguna manera, le pedían que lo hiciera. Se acordó de una novela de Marguerite Duras que trataba ese tema en concreto.
En fin, ya tenía algo sobre lo que trabajar. Desde luego la realidad acabaría estando totalmente alejada de sus ideas, pero a la ficción no le interesa la realidad, que suele ser bastante inverosímil. En una historia de ficción todo tiene que tener una explicación y una lógica contundentes, además de mantener un ritmo sostenido. En esto Norah era una experta. Quizá nunca le darían el premio Cervantes ni la harían académica de la lengua, pero sus estructuras eran sólidas y sus ritmos más que sostenidos. Sus libros se leían y se vendían con facilidad y Norah estaba perfectamente satisfecha con estos logros que otros consideraban menores. En estos pensamientos estaba cuando, por fin, el sueño vino sin que la imagen de un inoportuno Marcos volviera a aparecer su mente.
(2)
Miguel Nadaf había ingresado en el cuerpo de policía de Mallorca para cubrir un puesto en una sección que ahora hacía casi veinte años que había dejado de existir. Pero sus dotes organizativas le habían llevado, en un tiempo relativamente corto, a ocupar la jefatura del departamento de Homicidios, cargo que ya venía desempeñando durante más de doce años. Los distintos gobiernos nacionales y provinciales habían respetado siempre su capacidad profesional y su postura claramente apolítica. Su esposa, Maite, trabajaba en los servicios sociales de protección al menor y el matrimonio había tenido, un poco tardíamente, una niña que ahora contaba con ocho años de edad. Antes de eso se habían dedicado al cuidado y la educación de Norah que era hija del fallecido hermano de Maite. Para ellos, Norah era una hija en todos los demás sentidos. Pese a que la muchacha sentía por Maite el mismo amor y agradecimiento que por su tío Miquel, el nivel de complicidad y disfrute de la relación con éste último era sensiblemente más profundo. Esto no afectaba en absoluto a Maite, quien disfrutaba de asistir a esa complicidad desde el ángulo de una espectadora privilegiada.
Norah cogió el teléfono y marcó el número de su tío.
–Hola, tío, ¿qué tal?, soy Norah
– Hola sobrina, ¿cómo van esos libros?
– Bien... bueno, estaba un poco atascada desde la última novela... por cierto, ¿la has leído?
–Claro, esperaba a verte para hacer los comentarios de rigor, pero últimamente se te ve menos de lo que quisiéramos...
–Sí, tienes razón, sólo te llamo para aprovecharme de tus experiencias, y lo peor es que ahora mismo estoy cometiendo el mismo pecado.
–Ya, pero no te preocupes, yo también he sido joven, ya lo pagarás con tus hijos...o con tus sobrinos preferidos.
–Más bien sobrinos, creo yo. En fin, quería pedirte un poco de información sobre ese caso que creo que llevas tú, el del supuesto asesino en serie. Creo que allí puedo tener un punto de partida para el nuevo libro.
–Claro, cuando quieras, aunque la cosa está bastante verde, te diré...de momento no hay pistas ni nada que se le parezca...
–No importa, me interesan más las víctimas que otra cosa, tengo una idea al respecto que... bueno, ya te contaré. ¿Qué te parece si me invitas a cenar y de paso veo a mi familia?
–De acuerdo, lo arreglaré con Maite pero creo que podemos quedar para mañana por la noche sin problema... ¿te apetecen mis ravioli con estofado?
–Eres el mejor
–No tan bueno como el inspector Cané de tus novelas, que a ese no se le escapa un asesino y es mucho más guapo y seductor que tu tío.
–Bueno, yo no veo tanta diferencia. Lo he adecuado un poco al gusto popular, pero yo te prefiero a ti así como eres.
–Venga, a todos los tíos les dirás lo mismo
–No, sólo a ti te hago la pelota y eso para asegurarme que sigo siendo la prefe...
– Vale, ¿quedamos para mañana, entonces?
–Mañana sobre las ocho u ocho y media en tu casa, yo llevo el vino.
–Vale, pues. Hasta mañana
– Hasta mañana.
Norah apagó el teléfono y se quedó pensativa. Ya tenía algo sobre lo que trabajar.
(3)
Al terminar la cena en casa de los Nadaf, Maite se retiró con Lucía (que así se llamaba la niña) con el fin de disfrutar un rato del libro ilustrado que Norah le había traído de regalo, antes de que tocara la hora de dormir.
Norah y Miquel pasaron a la sala biblioteca donde este último sirvió dos copas de Oporto mientras Norah acomodaba las piezas de ajedrez sobre el tablero para disputar la clásica partida que venían sosteniendo repetidamente desde que Norah era apenas una niña. Norah se dio por vencida en un tiempo desusadamente corto para una lucha entre dos rivales que, en todo caso, ostentaban fuerzas bastante equilibradas. Al ver que en menos de diez jugadas Miquel le daría jaque mate, Norah empujó suavemente su rey hasta que éste cayó derrotado sobre el tablero.
La falta de su habitual concentración en la partida por parte de Norah no había pasado desapercibida a su tío, a quien no solían escapársele estas cosas y mucho menos en el caso de su sobrina preferida. De ahí que, luego de una pausa en la que ambos bebieron tra copa de Oporto, Miquel preguntó a boca de jarro:
– ¿Qué le preocupa hoy a mi sobrina?
– No sé, supongo que es ese algo que me ronda la cabeza desde hace días y que quería comentar contigo –respondió Norah, comenzando a animarse.
– Y ¿qué es ese algo que no te deja vencer al viejo maestro?
– Verás, he estado pensando en esos asesinatos que parecen estar relacionados entre sí y me pregunto si podía ser un tema para mi próxima novela. El caso es que estoy un poco atascada y he pensado que una historia real me podía servir como punto de partida para romper el hielo, no sé…
– Y quieres que tu tío, el gran inspector Clouzot, te ayude a hacerte una composición de lugar...
– Sí, algo así, no sé qué te parece.
– Bueno, por mi parte no hay problema siempre que la información que te dé te la guardes para ti y para tu obra de ficción hasta que se cierre el caso. Pero, de todas maneras, me llama la atención que encares un tema de asesino en serie.
– Sí, es verdad, pero en este caso no me interesan los asesinatos en sí mismos sino la personalidad del asesino, o, mejor, de las víctimas. La que yo me estoy inventando, claro, que seguramente no va a coincidir para nada con la realidad.
–Bien, y ¿qué quieres saber?
–Bueno, ya sé que las víctimas son todas mujeres entre treinta y cuarenta años, que todas han sido asesinadas dentro del área del casco antiguo de la ciudad...
–Sí –se apresuró a responder Nadaf–, y esto me recuerda que debes andar con mucho cuidado, porque tú encuadras precisamente dentro de ese perfil, e incluso he pensado que te vengas a pasar una temporada con nosotros hasta que esto acabe.
–Bueno –respondió Norah, divertida– lo consideraré, pero no creo que se atreva conmigo.
–No sé, tú te lo tomas a broma pero yo estoy hablando muy en serio.
–Vale, ya hablaremos de eso... sigo: no ha habido agresión sexual ni robo en ninguno de los casos y todas han sido muertas por un solo golpe de estilete que les ha atravesado el corazón...
–De acuerdo, sí –continuó Nadaf–, pero ahí se acaban las coincidencias, aparte de una cierta unidad de estilo en el vestir y un nivel social y cultural bastante uniforme en el que tú, por cierto, encuadras también a la perfección.
–Y ¿fuera de eso? – inquirió Norah empujando hacia el tema que a ella más le interesaba.
,–Fuera de eso, todas solteras, edad similar… como tú, insisto. Una murió en su propio piso, otra en el portal de una residencia ajena y la otra en un palco del Teatro Principal. Nadie ha visto al asesino, no hay ninguna huella, ni pista, ni rastro, ni nada de nada. Así que, de momento, toda fantasía que tú tengas al respecto es tan válida como cualquier otra. De modo que ¿por qué no me cuentas tu versión de la historia?
–Vale, verás, yo veo a un hombre de una inteligencia superior, quizá un centroeuropeo, ni joven ni viejo. Yo digo que está jugando, que no es el típico psicópata que busca que lo atrapen. Se arriesga, eso sí, porque es parte del juego. Pero quiere ganar, ya lo ha hecho antes en otros sitios y nunca lo han atrapado ni han estado cerca de hacerlo. Establece unos parámetros y se ciñe a ellos: la zona donde opera, que quizá es la misma zona donde vive, el tipo de víctima que elije, aunque aquí no estoy tan segura...
–¿Por...? –la animó Nadaf, visiblemente interesado.
–Porque yo pienso que el hombre no elige las víctimas sino que las... detecta...
–No entiendo... –volvió a animarla Nadaf.
–Sí, algo como que no mata a cualquiera sino a las que se lo piden… Digamos que él tiene la capacidad de detectar a esa clase de personas y se toma todo el tiempo que haga falta. Quizá flirtea con una serie de mujeres antes de dar con la que, de alguna manera, le pide la mate.
–Y tú crees que existe esa clase de personas...de mujeres, en este caso...
–No sé, pero la idea me viene de una novela que leí hace tiempo.
–Y, ¿qué tipo de relación mantiene con las víctimas antes de llevar a cabo el crimen?
– Un juego de poder. Las lleva a que se lo pidan, todavía no sé muy bien de qué manera, pero es como si condujera con su inteligencia y su perversidad la voluntad de las víctimas que ya, en todo caso, tienen que estar propensas a todo ello.
–Y ¿qué más?
–De momento nada más, tío. Recién empiezo y esto de escribir novelas suele llevar unos cuantos meses.
–Bueno, como novela no está mal, pero a mí no va a servirme de mucho. En cuanto a ti, si te parece, te pasas uno de estos días por mi despacho y te muestro todo lo que hay. Que no es mucho, por cierto.
–De acuerdo, trato hecho. Y yo te dedico la novela.
– ¿Otra vez?
–Bueno, sí. Eso va a ser un problema, claro...
(4)
Días más tarde, Norah decidió salir a dar un paseo por el barrio. Estaba otra vez un poco atascada con la novela y pensó en pasar por la librería de viejo de la que era habitual cliente. Buscaría algún libro con el que distraerse un poco y descansar la mente.
Lejos de lo que buscaba, al pasearse por la librería se topó con una edición antigua de Cahiers du Cinema donde figuraba un comentario sobre el film que Peter Brook había hecho a partir de la novela Moderato Cantabile , de Marguerite Duras.
–Un film muy interesante –dijo la voz a su espalda– de los que ya a casi nadie interesan, por cierto…
La muchacha, al girarse, se encontró con los ojos del hombre. Había allí una mezcla extraña que se podría definir como la mirada de un depredador que acecha a su presa, a la que se superponía una sonrisa divertida, esa sonrisa en los ojos que podría ser la de un padre que estuviera jugando con su hija pequeña.
–Estoy de acuerdo –respondió Norah, sin perder la compostura. Y luego de una pausa continuó–, ¿nos conocemos?
– Yo diría que sí -respondió él- aunque no en un plano físico-agregó misteriosamente- ¿Y usted?...–respondió el hombre sin dejar de sonreír.
Norah no supo qué responder a esa pregunta. Simplemente se quedó mirándole mientras intentaba tomar una decisión. No tuvo que pensar mucho, porque el hombre le allanó el camino rápidamente.
– ¿Le parece que tomemos un café?, sólo tenemos que cruzar la calle y ya tenemos un lugar estupendo y acogedor, por eso me gusta esta zona de la ciudad, todo lo que uno necesita se encuentra siempre muy cerca.
Esto último lo dijo con un sutil énfasis, o al menos eso le pareció notar a Norah. En todo caso, un motivo más para que una personalidad como la de la muchacha no pudiera rehusar la invitación....
- ¿Por qué no? –dijo Norah, casi sin pensarlo- A esta hora del día y con tanta gente alrededor no creo que vaya a correr ningún peligro…
Durante la breve pausa que siguió a la respuesta de Norah las miradas se mantuvieron fijas la una en la otra. La del hombre seguía siendo divertida. La de Norah, como si aceptara implícitamente el juego, empezó por ser desafiante para acabar pareciéndose a la de su oponente. Más tarde Norah se preguntaría si este cambio entrañaba una claudicación o bien una muestra de que estaba a la altura de su adversario.
- Por supuesto –dijo finalmente él, de día y rodeados de gente la ventaja es siempre para la dama…
Una vez en el bar, Norah se enteró de que se llamaba Hans Grüber, que era oriundo de Ostspanien, una pequeña ciudad cercana a Frankfurt y creada por inmigrantes españoles, que estaba disfrutando de unas largas vacaciones en Palma, que tenía un piso alguilado en el casco antiguo, bastante cerca del piso de la muchacha. Con respecto a su medio de vida, Grüber declaró ambiguamente que había ganado bastante dinero como consultor y ahora se había tomado un año sabático.
Cuando Norah dijo que era escritora, la conversación derivó al terreno literario. Grüber se mostró como una persona culta y de gustos bastante afines a los de la muchacha.
Más tarde, a la hora de la despedida el hombre se descolgó con una frase que Norah entendió como altamente significativa.
-¿Sabes que tienes un gran parecido con Jeanne Moreau?
- Lo tomaré como un elogio, aunque no creo que sea demasiado cierto- respondió.
- Bueno, no me refiero a la actriz -aclaró Hans Grüber, de nuevo con aquella sonrisa perversa- sino más bien al personaje de la película.
Bueno –se apresuró a responder ella- espero que tú no te identifiques con Belmondo.
Después se despidieron quedando para verse nuevamente en el fin de semana.
(5)
Los días siguientes a este inquietante encuentro, Norah estuvo bastante activa esbozando el argumento de su nuevo libro y rellenando fichas aquí y allá con escenas y detalles que se le iban ocurriendo. La irrupción de Hans Grüber le servía como inspiración para definir al personaje del asesino. Grüber no se parecía físicamente a ninguno de los actores que Norah había tomado como referencia, pero sí coincidía totalmente con el clima que provocaba su energía. También se dedicó a pasear por el casco antiguo mirándolo todo con nuevos ojos en la medida en que ese entorno iba cobrando una importancia cada vez mayor. Norah empezaba a verlo como una metáfora de otras cosas. La idea de un universo deliberadamente acotado siempre le había resultado a Norah atractiva. La idea de limitar la vida a una serie determinada de cosas y, dentro de eso, encontrar alguna especie de plenitud.
Alessandro Baricco lo había plasmado de manera insuperable con aquello de las ochenta y ocho teclas del piano de Novecento. Sólo que aquí el juego se tornaba perverso, aunque esto no era precisamente un contratiempo para ella, que siempre había puesto una dosis más o menos importante de este condimento en sus trabajos anteriores.
Ahora, Norah se detenía a observar cada portal, cada pequeño negocio, cada balcón, cada recodo de una calle, el empedrado, en fin, cualquier detalle que contuviera la esencia de la idea general. En esto se le ocurrió anotar que el asesino evitaría aquellas partes de la zona que aún no habían sido restauradas y enseguida se le ocurrió la idea de trazar un mapa del territorio en el cual su personaje estaría dispuesto a actuar. Esto acotaba aún más la zona de acción. Pensó en comunicarle esta idea a Miquel Nadaf por si le podía ser de utilidad y esto le hizo sonreír para sí misma, imaginando que su tío la recibiría con disimulado escepticismo y enseguida se olvidaría de ello.
Uno de esos días, Norah fue a ver a Nadaf a su despacho y éste le facilitó copias de toda la documentación de que se disponía: fotos de las víctimas (antes de los asesinatos y después), informe de los inspectores de Homicidios que actuaban en el caso, del forense que se había ocupado de todas las autopsias, etc.
No encontró nada interesante en todo este material. Tal como había dicho el tío Miquel, no había pistas que siquiera esbozaran un camino apto para la investigación. Estuvo revisando el material en su piso y luego lo archivó cuidadosamente, por si acaso. Intentó avanzar con la historia pero el choque con la realidad de los hechos le había producido un cierto bloqueo. Luego, la curiosidad la llevó a intentar una investigación cibernética sobre Hans Grüber.
(6)
La investigación de Norah consistió, en primer lugar, en recorrer en el Google map el pueblo de donde provenía Grüber. Enseguida descubrió que se trataba de un pueblo pequeño con un casco antiguo que, aunque de arquitectura diferente al de Palma, era de dimensiones parecidas. Lo siguiente fue acudir a Chat gtp y esto resultó, más que una sorpresa, una confirmación de lo que Norah casi no se había atrevido a sospechar. El caso es que en aquel pueblo se habían producido asesinatos de mujeres con el mismo patrón de los que estaban aconteciendo ahora en Palma. A partir de allí, una parte de Norah le decía que debía ponerse en contacto con su tío Miguel y trasmitirle lo que había descubierto. Pero otra parte de sí misma la empujaba en una dirección muy distinta. Se sentía atraída por el juego al que aparentemente la estaba invitando Grüber e hizo el mayor esfuerzo en convencerse de que ella podía manejar la situación y enfrentarse con éxito a ese desafío. Pero aún tenía dos días para tomar una determinación. Había quedado para el viernes en volver a verse con Grüber en el mismo café..
(7)
Ambos había pedido un brandy añejo además del excelente café que servía el local. Norah, finalmente, no llamó a su tío y había decidido continuar con la partida, solo que no estaba segura de con quién era dicha partida. Si con Grüber o consigo misma. Y tampoco tenía claro cuál de las dos cosas era más inquietante. Sentía como que se estaba metiendo en un terreno demasiado peligroso que le daba miedo pero que, a la vez, la atraía como una marea a la cual no tenía fuerzas para resistirse.
Habían estado hablando un poco de literatura, pero estaba claro que ambos estaban esperando el momento de ir a lo que verdaderamente les interesaba. En eso, Grüber hizo la proposición.
- No sé si tengo alguna similitud con Belmondo -dijo, con aquella sonrisa mitad juguetona, mitad perversa- pero ¿te gustaría que la próxima copa la tomemos en mi piso? Tengo la misma marca de brandy.
- ¿Por qué no? -respondió Norah un tanto precipitadamente- pero, seguimos hablando de los personajes, supongo.
- Claro –prosiguió él- penetrándola con aquella mirada.
En este punto Norah sintió que la marea la arrastraba irrevocablemente. Los dos brandys que había bebido acentuaban la sensación de vértigo.
- Entonces -insistió Grüber- ¿vamos?
(8)
Norah despertó un poco mareada. En parte por el alcohol y en parte por lo intenso que había sido el sexo. Se quedó todavía un tiempo muy relajada, disfrutando. La habitación tenía una ventana que daba al mar. Norah no miró por la ventana, simplemente pensó: afuera el mar debe de estar muy quieto...y la Luna, brillante y quieta sobre el mar. Luego pensó en girarse hacia Hans y en darle las gracias y en decirle que era la primera vez que lo había conseguido. Pero enseguida se dijo que él lo sabía. Que él podía leerla con esa mirada que la dejaba totalmente a su merced, que la abarcaba y la dominaba, que la volvía vulnerable y mujer.
Güber dormía profundamente. Norah encendió un cigarrillo y se enfrascó en la tarea de continuar desarrollando su teoría para la novela que tenía en mente. Decidió, prefirió decidir, que la protagonista podía neutralizar al asesino. Decidió que éste tendría un talón Aquiles. Que nunca se había encontrado con una mujer a su altura. Que esa mujer era la propia Norah. Que podía ganar la partida. Imaginó que podía revertir la situación. Imaginó que el asesino, como sus víctimas, podría sentirse fatalmente atraído por la circunstancia de verse enfrentado a su propia destrucción.
Era un argumente quizás demasiado sutil. Había que suponer que el hombre era capaz de leer la mente de la protagonista “como un libro abierto”. Esto podía resultar demasiado inverosímil, pero aquello que es inverosímil para la realidad podía ser sostenible en una obra de ficción, pensó la Norah. Además, estaba la profundidad de aquella mirada, con aquel toque perverso y lúdico a la vez.
En esos pensamientos estaba cuando Hans se despertó. Norah le pasó el cigarrillo y, casi inopinadamente, emprendió el ataque.
- ¿Sabes que en esa pequeña ciudad de donde tú vienes se ha producido una serie de asesinatos similares a los que ahora acontecen aquí mismo?
Grüber aspiró lenta y profundamente el humo del cigarrillo y posó sus ojos sonrientes en Norah, tomándose su tiempo para responder.
- Sí, lo sé.
- Ya –dijo Norah- lo imaginaba.
- Me fascina tu imaginación. Es muy interesante estar con alguien tan mentalmente perverso como uno mismo… ¿Quieres un café?
- Sí –dijo Norah muy enseguida- pero después.
Y esta vez fue ella la que se montó sobre el cuerpo de Grüber.
(9)
Al día siguiente, estando Norah en su propio piso, recibió la llamada de su tío.
- Hola Norah, no sé si te sigue interesando, pero te comunico que hemos atrapado al “asesino del casco antiguo”. Si quieres nos vemos esta noche en casa y te cuento los detalles.
- Ahh –dijo Norah, casi decepcionada- qué bien.
- Supongo que no esperabas que este desenlace llegara tan pronto como para atentar contra tu imaginación.
- Sí –asintió Norah- pero me alegro mucho de que te hayas apuntado un nuevo éxito. Nos vemos esta noche y festejamos. Un beso muy grande. Hasta luego.
Cuando Norah llegó a casa de su tío se encontró con una sorpresa que jamás habría imaginado.
- Hola, cariño –la recibió Nadaf- tengo otro invitado que puede aportar más datos para tu novela.
- Ahh, bueno –dijo Norah, un poco desconcertada.
Al pasar a la sala de estar, Norah se encontró con la sonriente mirada de Hans Grüber.
-Creo que ya conoces al inspector Grüber, de la policía de Frankfurt, departamento de homicidios. Gracias a los datos que nos aportó el señor Grüber hemos podido dar con la persona que buscábamos. Lejos de tu personaje, el asesino confesó que las mujeres que elegía tenían un gran parecido con su madre. Una madre… bueno, ya sabes. Algo mucho más prosaico que tu atractivo personaje. También tengo que confesar una cosa que no te va a gustar. Cuando Hans me dijo que se había alojado en el casco antiguo, de hecho muy cerca de tu casa, y que pasaba el día recorriendo la zona en busca de pistas para el caso, yo le pedí que, en todo lo que pudiera, te tuviera vigilada. Ya sabes que me preocupaba tu perfil, tan parecido al de las víctimas del depredador.
Espero que no te enfades conmigo. Aunque yo sí que estoy un poco molesto por el hecho de que me hayas mantenido al margen de vuestra relación arriesgando tu vida temerariamente.
- Vaya –dijo Norah después de una larga pausa- parece que el argumento para mi novela requerirá algunos cambios, ¿no?
Luego, dirigiéndose a Hans Grüber, agregó.
- Nunca me habían atraído las historias con final feliz, pero quizás haya llegado el momento de descubrir qué es lo que pasa después del
THE END
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