Cada tanto voy a desayunar al bar y me topo con un ejemplar de la prensa al que hojeo distraídamente. Al llegar rápidamente a la última página aparece el columnista de turno. Los columnistas, no sé por qué, atraen mi atención. Esta vez se trata de ése que se desplaza en taxi para tomarse el gin tonic de media tarde. Otra vez no tiene nada interesante que decir y nos cuenta cosas que le pasan o le han pasado alguna vez y que, en cualquier caso, solo pueden tener interés para él. Le deben de pagar bastante bien, puesto que el coste de cada gin tonic (sumado el importe del taxi) no está al alcance de cualquiera, digo yo.
Y es que eso de trabajar de escritor debe de ser un tanto estresante, sobre todo cuando no se te ocurre nada importante que decir. De ahí la necesidad del gin tonic, para mitigar el estrés. Y la necesidad del dinero para pagar el taxi, claro.
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