miércoles, 22 de abril de 2020

El virus VPC


       Una pandemia mucho más peligrosa que la que nos entretiene en estos días, y que ha permanecido ignorada o favorecida por las autoridades que con tanto celo nos quieren ahora proteger del virus de la corona, es la provocada por el virus de lo políticamente correcto (VPC).

       el VPC, si no nacido (parece difícil establecer el origen de los virus) en lo cenáculos de Hollywood pero sí difundido con admirable eficacia hacia el resto del Orbe por la élite de la industria cinematográfica más inopinadamente "progresista", no parece tener, a diferencia de los otros virus conocidos, la capacidad de generar anticuerpos.

       Otra característica diferencial del VPC es que se muestra capaz de infinitas mutaciones. Así, de ser el virus que atacó, por ejemplo, a los dignos defensores de los derechos de la mujer, enfermándoles de un feminismo rencoroso y falaz, pudo mutar (también por ejemplo) a una sub especie que transforma a los que legítimamente aman a su perro en agresivos acosadores del ciudadano que disfruta de un bistec en el restaurant de la zona.

      La peor consecuencia de esta pandemia, a mi humilde modo de ver, viene a ser la progresiva pérdida del sentido del humor, cosa que los propios contagiados pretenden sustituir por cursos de risoterapia, una nueva rama de la psicología que promete mayor salud mental a sus clientes en base a la práctica de una risa light practicada en grupo, principalmente.

      Otro rasgo peculiar del VPC es que sus únicas víctimas en peligro de muerte son los no contagiados o inmunes. El VPC mata de forma indirecta. No da la cara. Es un virus cobarde.
Mata lentamente. Mata de tristeza y soledad.



                                                                               Y no habrá vacuna, me lo crea.

lunes, 20 de abril de 2020

Si me preguntan, respondo

       X vuelve a acusarme. Dice ahora que mis exposiciones son políticamente ambiguas, que no se sabe de parte de quién estoy, que ejerzo de francotirador autónomo, por decirlo con mis propias palabras.
        Dice X que ataco a un poder abstracto ("los poderosos", "los fuertes", "Chisum"), pero no les pongo cara ni nombre propio real.
        Dice X que culpo al hombre de a pie de todos los males que ese poder abstracto le inflige.
        Dice X que tampoco le aporto o sugiero al tipo pedestre una fórmula, un modo de defenderse de los males a los que aquel poder le somete.


        Intentaré responder. Mis opiniones no quieren ser políticas, simplemente me limito a observar lo que sucede y a expresar mi opinión sobre lo que sucede. Mis opiniones no pueden ser políticas porque la política, tal como la entiende X, hace tiempo que ha dejado de existir y justamente ahora, ante esta circunstancia vírica, es cuando ha quedado más en evidencia lo que acabo de señalar.
       X cree, X quiere creer, que aún hay derechas e izquierdas- X quiere entrar en el futuro reculando, como decía McLuhan, mirando p'atrás, o sea. Ahora, la única política real que existe es una política privada que transcurre en cenáculos a los que no suelen estar invitados los políticos profesionales y, en caso que se les invite, sólo pueden acudir como sumisos oyentes. Y esto contesta en parte la segunda inquisición de X, en lo que se refiere al mundo judeocristiano. En estos cenáculos es donde se diseña la imposición de unas normas que luego se recomiendan al tipo pedestre a través de políticos profesionales y  periodistas de todo tipo. En otros ámbitos (China, Rusia, el mundo musulmán), las normas se imponen mediante la violencia más o menos explícita del Estado o de la Religión. Porque estamos ante una lucha de, principalmente, tres grandes contendientes, a saber: El mundo judeocristiano occidental, China y posibles aliados, y el mundo musulmán. Desde luego es pronto para saber cómo se irán alineando los diversos actores a lo largo de esta confrontación. En qué bando estarán Rusia o Japón o India es algo que no se sabrá hasta que las cosas se vayan calentando.
   Pero X quiere seguir pensando en términos de partidos políticos locales (populares, socialistas, podemitas, fachas, nacionalistas, etc.) y me pide una definición en una contienda menor que no me interesa para nada. Sobre todo ahora que ha quedado bien claro que todos estos actores de reparto apuntan en la misma dirección.
    En cuanto a que culpo al hombre de la calle de todos sus males... pues, sí. Porque, lo mismo que X, el tipo pedestre no quiere saber lo que realmente pasa.
    Y, por último, lamento decir que no tengo ninguna solución que aportar. El mundo seguirá el rumbo que determinen los ganadores y nosotros lucharemos en el bando que nos toque para mayor gloria de los que nos conduzcan, como siempre.
    Mientras tanto, nuestro equipo judeocristiano necesita soldados obedientes y baratos.

                                                                                En eso estamos.
 

El virus y el síndrome de Chamberlain

El título es suficientemente  elocuente, creo.

El dia después

 


 

 

            Dejó dicho Borges, allá por 1946, que "el más urgente de los problemas de nuestra época (ya denunciado con profética lucidez por el casi olvidado Spencer) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo...". Setenta y tantos años después, el adjetivo "gradual" corre el riesgo de pecar de tímido o excesivamente prudente. A la vista de los últimos acontecimientos es evidente que aquella intromisión progresa de forma uniformemente acelerada y promete dotarnos de "un Estado infinitamente molesto –por utilizar un epíteto piadoso"– como también dejara dicho el escritor argentino treinta y tantos años más tarde y en medio de la dictadura de su país…

            Así, el mundo que nos espera una vez superada esta "crisis sanitaria", amenaza con convertirse en una dictadura auto infligida por el dichoso "pueblo" y mucho más peligrosa para el individuo que aquellas impuestas desde arriba, en tanto la feroz vigilancia de cualquier transgresión al "bien común"  vendrá ejercida por el mismo dichoso "pueblo". El vecino se convertirá (ya se está convirtiendo desde hace tiempo, desde la propagación de esa otra plaga denominada "lo políticamente correcto") en un delator orgulloso de su civismo y dotado de la ferocidad propia de los débiles cuando se ven suficientemente respaldados y  eventualmente libres de su propia cobardía.

            El problema no es nuevo. Lo único nuevo es la velocidad con que se propaga el virus de la inopinada sumisión.

            Mientras tanto, el personal, ocupado en contabilizar las muertes que se le quieren comunicar, con la esperanza de acceder –en caso de necesitarlo– a un respirador y a una plaza en la UCI, va acumulando una deuda que únicamente podrá pagar con más y más sumisión sin enterarse, como siempre, de que lo del virus, por muchas muertes que aporte, resulta apenas anecdótico ante la "nueva normalidad" que ya nos anuncian los emisarios de Chisum (*).

(*) Ver la nota titulada Chisum y el homo intermedia en este mismo blog. 

martes, 7 de abril de 2020

Una de J.L. Borges

   La anécdota nos la refirió Félix de la Paolera ("Grillo" para los amigos), a Agustín Pereyra Lucena y a mí allá por 1984, en Buenos Aires.
  Como es sabido, Grillo era un amigo cercano de Borges y en ocasiones lo acompañaba con su coche cuando el escritor tenía que dar una conferencia fuera de la capital. En esta ocasión viajaban hacia la ciudad de, digamos, Santa Fe (los lugares me los invento dado que cuento esto de memoria y los detalles son irrelevantes). En un momento del viaje deciden hacer una parada  en una posada del camino para, digamos, tomar un tentempié. Cuando salen del establecimiento que, digamos, lleva el nombre  de "Posada García" y regresan al camino, dice Grillo:
       -Esta posada,  tenía antes otro nombre, ¿no le parece, Borges?
      - Sí -responde el escritor-, pero no recuerdo cuál.
      - Yo tampoco -dice Grillo, y ambos se quedan pensativos durante un par de kilómetros-.
  Siguen conversando de otras cosas, pero cada tanto se hace un silencio más prolongado de lo habitual y ambos saben que los dos se han quedado enganchados con el esquivo nombre que en otro tiempo tuvo la posada del camino.
  Por fin, y tras muchos kilómetros y otras tantas pausas de la conversación, Grillo exclama:
     - ¡Lo tengo, Borges! Se llamaba El Cisne Negro.
    - Ah -responde su compañero de viaje-, ssí, sí, El Cisne Negro, sí, es verdad...El Cisne Negro -y, a continuación agrega:- Y, ahora, Grillo, ¿qué hacemos con este tesoro inútil?..¿Lo volvemos a olvidar?

Y ahora digo yo: "¿Le mot juste?", pobre Flaubert...