Se podría decir que existen tantas maneras de
ver las cosas como personas hay en el mundo. No voy a ir tan lejos. Personalmente,
y por lo que respecta a la Luna, se me ocurren al menos tres. La primera es la
visión poética, subjetiva, que se asimila al arquetipo femenino, a la mujer
idealizada. Luego está la visión física, objetiva, que puede percibirse al
menos de dos formas: la forma plana, ese disco luminoso que vemos total o
parcialmente cuando tenemos el Sol más o menos a la espalda de nuestro planeta
y que es, creo, la manera más común de observar distraídamente su presencia en
el cielo. Luego está lo que a mí me sucedió por vez primera cuando tenía unos
doce o trece años estando solo, en la azotea de mi hogar paterno. Esta vez la
Luna estaba iluminada solo parcialmente pero con el añadido de que el resto de
su superficie permanecía en penumbra. Esta circunstancia te inclinaba a
apreciar al astro no como una superficie plana sino como una esfera. Una esfera
presumiblemente enorme que flotaba en el espacio y que de pronto percibí como
algo amenazante. Recuerdo que aquello me impactó de tal forma que me produjo
una sensación de vértigo. Estuve un buen rato fascinado con aquella imagen que
me atraía y me amedrentaba al mismo tiempo. Recuerdo también que, cuando bajé
la escalera y entré en la buhardilla donde dormíamos mi hermano y yo, Jorge me
miró y, luego de una pausa, me preguntó: “¿Qué te pasa?”.
A lo que no supe cómo responder.
A partir de ese momento me di cuenta de que
todas las cosas se podían ver de, al menos, dos maneras diferentes. La más
habitual, la distraída o indolente, y la otra, más interesada, más atenta. Con
el tiempo me fui aficionando cada vez más a esta segunda opción, lo cual,
paradójicamente, me ha convertido en una persona a la que el resto de los
mortales suelen ver como “un tipo que casi siempre está distraído”, alguien que
no presta debida atención a lo que sucede a su alrededor o a lo que se está
hablando.
Y es que no se puede apreciar el disco
mientras uno está viendo la esfera, digo yo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario