Hubo un tiempo..
Ssssí, hubo un tiempo en que uno (y aquí uno puede ser tanto usted como yo, porque el hecho de que sea yo quien está de este lado del micrófono no quiere decir gran cosa, como pretendo demostrar)… hubo ese tiempo, digo, en que uno sintió, presintió, o creyó presentir, da lo mismo, que las cosas podrían ser…no sé, de otra manera.
Y tanto da que estemos hablando de aquello que usted… que vos y ella sintieron la primera vez que los labios rozaron el amor, o del proyecto siempre postergado de intentar una obra, un acto que pronunciara de golpe todos tus sueños y los míos. Tanto da que estemos hablando de la idea de inaugurar un nuevo orden social o de anular la necesidad por ahora irrefutable y paradójica de este micrófono y estas palabras para lograr un contacto menos precario con y entre lo mejor de cada uno de nosotros.
Hubo ese tiempo, digo, en que pudimos mirar una Luna redonda, una margarita silvestre o los ojos de aquella muchacha, con los ojos del amor. Pero después vinieron los pañales sucios, la cuenta del gas y la hora de la sensatez. Y nos volvimos conservadores, mala palabra. Mala palabra según se la mire, claro. Porque, después de todo, no hubiera estado tan mal conservar un poco de todo aquello que ahora se esconde detrás de otra palabra que lo mismo podría ser magia o poesía.
Según dice Octavio Paz, que de eso sabe bastante, la vida de un hombre se puede dividir en obras y sobras; y uno (que lo mismo podemos ser vos o yo, o los dos, mejor) se pregunta qué quedó, que fue quedando de aquel pichón de Douglas Fairbanks cuya sonrisa invencible se reflejaba tan bien en los ojos de aquella muchacha de la que hablábamos antes y que, de repente, por qué no, puede ser la misma que está ahora en esa mesa contigo, esperando la canción que vuelva a dibujarle el alma
como una flor…
P.I.
(Políticamente incorrecto)
Monólogo por Nelson Huertas
(1)
El inalienable derecho de las minorías
(y otros progresos)
……… (ordena los papeles sobre el escritorio mientras sostiene un cigarrillo en los labios)….
Eeeh… no, no se preocupen, no lo voy a encender…. (sigue ordenando).
Bueno, en primer lugar no lo voy a encender porque hace como veinte años que no fumo
y, en segundo lugar, porque no dejan.
Y yo no soy de esos que trabajan de opositores
no es mi intención.
Hay cosas que me parecen bien y cosas que no me parecen tan bien, como a todo el mundo.
Pero lo que se dice trabajar de opositor, no trabajo.
Esto de fumar, por ejemplo.
Si la mayoría está de acuerdo en que no se debe fumar en lugares públicos yo no soy quien para ponerme a fastidiar.
Y no es que yo esté muy seguro de que la opinión de la mayoría sea realmente la opinión de la mayoría.
Yo creo, más bien, que la mayoría suele opinar lo que una minoría desea que opine
pero, bueno, eso es lo que hay.
Si hubiera una dictadura, las normas las pondría el dictador y lo mismo habría que acatar las normas.
En ese caso, puede que yo me pusiera un poco en contra.
Un poco, digo, porque no es que yo sea muy valiente.
Pero el caso es que ahora estamos en una democracia y las normas las impone la mayoría.
Yo no estoy muy seguro de que la mayoría se equivoque menos que el dictador pero, en todo caso, me da mucho más miedo enfrentarme a la mayoría que enfrentarme a uno solo y, como ya dije, no me considero muy valiente, que se diga.
Así que yo no fumo en público porque la mayoría no quiere.
Y no fumo en privado porque yo no quiero,
ni bebo.
Pero resulta que la imagen que yo tengo de mí mismo incluye el cigarrillo en una mano y una copa de escocés en la otra.
Y es que, en mis tiempos (esto era en otro siglo) casi todo el mundo fumaba y se tomaba una copa.
Y a la mayoría le parecía bien.
Claro que había una minoría a la que le jodía bastante que la mayoría fumara, pero todavía no era el tiempo de las minorías.
El tiempo de las minorías vino más tarde,
en aquel mismo siglo pero más tarde.
De pronto las mayorías empezaron a pensar que las minorías también tenían sus derechos.
Los no fumadores, los homosexuales, las mujeres….
Bueno, las mujeres no eran exactamente una minoría,
pero como si lo fueran….
Digamos que pesaban menos.
Habia unos 3000 millones de hombres y unas 3000 millones de mujeres, pero como los hombres suelen pesar algo así como un 50 % más que las mujeres, las mujeres venían a ser una minoría.
Una minoría grande pero una minoría al fin.
También estaban los minusválidos… Esto de los minusválidos es todo un tema.
Antes,
en mis tiempos,
en aquel siglo,
cuando un tipo cojeaba de una pierna le llamábamos cojo ( o “rengo”, como decíamos en mi país, porque yo, además de ser de un siglo también soy de un país (como ya habrán notado), pero eso ahora no viene al caso). Por ejemplo, en mi barrio, al rengo Paredes le llamábamos Punto y Coma (imita la manera de caminar de Paredes) – Y a Paredes no parecía importarle mucho, porque a Ferrari le llamábamos El Flaco, a Daviko, “El turquito” (porque era judío) y así estaban: El Pelado (el hermano del Peluca), El Conejo, El cocodrilo, El gordo Delgado, etc. etc. Y a nadie le parecía mal porque , en todo caso, era una forma de identificar al sujeto mucho más real que la de llamarle por el nombre que se le había puesto al nacer, cuando nadie sabía cómo iba a ser el susodicho. Habia tres hermanos en el barrio cuyos padres los habían bautizado respectivamente: Rubén Darío, Victor Hugo y Virgilio. Huelga decir que ninguno de los tres llegó a saber nunca cómo era un libro por el lado de adentro, así que, en el barrio, se conocía al mayor como El Pelusa, al del medio como El Hugo y al menor como el Dumbo (por las orejas…). Así que al rengo Paredes no le hacía mucho efecto el que le llamaran rengo. Entre otras cosas porque ser rengo no es peor que no tener talento para la poesía o para jugar a los naipes, digo yo. En cambio ahora lo tildarían de minusválido que, si no me equivoco, viene a querer decir que vale menos. Y da la impresión de que vale menos EN GENERAL en tanto no se especifica. En cambio el rengo Paredes estaba claro que no era apto para competir en 100 metros lisos, pero jugando al billar no había quien le ganara. Se apoyaba en la pierna buena y te clavaba una carambola a tres bandas desde la circunstancia más inverosímil. Y los parroquianos del bar decían, al unísono: “Grande, rengo”, y el rengo se pavoneaba con su estilo punto y coma alrededor de la mesa mientras reponía la tiza en la punta del taco de billar, con el pecho hinchado, como un palomo; orgulloso, el tipo….
Y te soltaba:
- La tiré suavita y mariposona, che.
Así que lo de “rengo” era mucho más amistoso, a mi modo de ver, que esto de que el tipo vale menos porque un día se cayó de la moto y le curaron mal el tobillo.
Digo yo, no sé…..
Pero, bueno, ahora no se puede llamar Rengo al rengo, eso es lo que hay….
Y con las otras minorías ocurre tres cuartos de lo mismo, aunque con variantes, a saber:
Los no fumadores se beneficiaron por ser una minoría. Pero ahora resulta que son una mayoría, que yo sepa, por lo menos. Ahora la minoría son los que fuman. Los que fuman son los nuevos oprimidos.
Los homosexuales van en camino de convertirse en una mayoría, así que pronto van a empezar a tener problemas. Para ganar un Oscar van a tener que esforzarse más y hacer una película buena.
Lo que queda claro es que, en estos tiempos, no es conveniente pertenecer a una mayoría.
Por eso los judíos, que son los más listos de todos, no hacen proselitismo
Ni dejan entrar
Al menos así, por las buenas… Porque prefieren seguir siendo una minoría
Y porque son modestos y se conforman con tener el control de las finanzas y de los medios de comunicación y de Hollywood y de la economía global y…. , bueno, se conforman….y se cuidan muy bien de seguir siendo una minoría.
Las mujeres son otra minoría que ha progresado mucho. Ahora conoces a una chica y te suelta, con orgullo: Yo no sé cocinar… y adopta una pose similar a la del rengo Paredes cuando clavaba la carambola, sacando pecho, como un palomo…
- Yo no sé cocinar
-
Ha triunfado: no sabe cocinar. ¡¡¡BIEN!!!
Otro gran logro consiste en que, ahora, las chicas se pelean a la salida de la discoteca:
- A ver, tú, guarra, qué miras a mi novio (o a mi novia) . Te espero a la salida y te voy inflar a hostias.
Y la otra sale y se dan de hostias.
Ya se dan de hostias a la salida de la discoteca
y no saben cocinar:
¡¡¡BIEN!!!
Ya casi son tan inútiles y tan brutas como los hombres,
¡¡¡BIEN!!!
El progreso, que le dicen…
(intermedio)
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