lunes, 16 de mayo de 2011

Correspondencia

A Juan García Castiñeira

Dear John, lamento no conocer al Jim Thompson que me nombras. Puede que ello sea un pecado (aunque seguro que poco original) pero siempre he sido un lector más bien desordenado (he leído a Jan Neruda o Panait Istrati pero desconozco a Flaubert o al tal Thompson). Nunca he seguido un orden al respecto y he ido leyendo lo que la casualidad o la recomendación de algún amigo me iban poniendo por delante.
Por otra parte, hace ya bastante tiempo que casi no leo literatura de ficción. Sigo com prando libros, pero suelo hojearlos y/u ojearlos un poco y me aburro antes de empezar. Cada tanto me sorprende un libro de un autor (cf: Baricco/Novecento), entonces come to la imprudencia de comprar otros libros de ese escritor que, obviamente, ya no son lo mismo. Creo que vivimos una época difícil para el creador literario. No nos toca vivir la ilusión de un cambio positivo, de acopañar este cambio con una ética o una estética acorde al mismo. No disfrutamos de un establishment ilustrado en el cual navegar dul cemente o del cual sospechar. Vivimos una época siniestra ausente de ilusión, carente de angustias verdaderas (las torres cayendo son un espectáculo más, otro efecto especial excepto para el que justo estuviera dentro o debajo en aquel momento), nada nos importa demasiado. Y a uno, quizá por algo de todo eso o quizá por la erosión del tiem -po, las únicas novedades que le llaman la atención son aquellas que le devuelven a lo clásico, aquellas que lo apartan de tanto autor inmediato. Para mí, lo inmediato terminó con la partida de Ch.B. que se fue y cerró la puerta. Por eso Baricco, por eso Novecento y las ochenta y ocho teclas, el problema de la libertad, la paradoja tan simple como diáfana. Aquello que, como decía Caetano Veloso en una canción de hace mu- cho tiempo, te sorprende. No porque lo que expone sea insólito sino por el hecho de haber permanecido tanto tiempo oculto cuando siempre había sido obvio.

En fin, estas divagaciones sólo pretenden simular una charla que no ha sido, debido a mis múltiples compromisos laborales y otras milongas cuyo autor, la p(o)etisa M.B., te habrá cantado al calor del hogar.

Comprometido por la inopinada confianza que depositas en mis hasta ahora desconocidas capacidades detectivescas, me pondré tras las huellas de Thompson y procuraré dar con él donde quiera que se esté escondiendo.

Un abrazo

                                                                                Nelson “Oldman” Huertas

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a Ricky Gary (Canfield)


                                                         Palma de Mallorca, 7 de enero de 2004


Dear Canfield, entre todas las películas, sucesivas o superpuestas, que conforman mi vida, hay aquellas en la que tu presencia es central. Jugando con la e dición, podríamos hacer que todas ellas fueran una sola, pero sería una pelícu la larga, confusa e inacabada. Quizá es mejor considerarlas por separado. En este caso habría una en la que dos tipos dispares se conocen y conectan más allá o más acá de sus notorias diferencias. Habría una en la que las dispares habilidades de ambos se conjugan para crear una obra que no podría haber sido en ausencia de uno de ellos. Habría una en la que los protagonistas se separan y mantienen el vínculo espiritual a través de los kilómetros y los mares. Habría el reencuentro y habría, por fin, una serie de fragmentos inconexos, de escenas repetidas sin pasión, de mero cumplimiento de compromisos contractuales con la productora, de material que quedará arrumbado en los archivos para ocupación futura de los permanentes investigadores de la nada.

La pregunta es: ¿qué fue lo que pasó?

Una versión de los hechos dice que uno de los protagonistas alquiló su arte a un medio menos exigente y más seguro.
Otra, que su partner se perdió en la infinita y tediosa repetición de su más exitoso y a la vez intrascendente papel de tipo ingenioso.

Ambas son parejamente malintencionadas.

Ambas son evidentemente demostrables.

Ambas podrían ser igualmente falaces.

Ojalá esta carta contribuya a demostrar la última de las hipótesis.

                                                                                            H.















ACERCA DE OFF-SIDE

Dear Canfield:

   Ya se lamentaba Wimpi de lo poco que queda de las cosas cuando se las explica. Yo, desde luego, no tengo la menor intención de explicar a nadie aquello que está hecho para que se explique por sí mismo o no se explique.
   Sin embargo, voy a hacer una excepción contigo porque me importa que entiendas lo más claramente posible mis intenciones y la forma narrativa que elijo para expresarme en la medida que eres el más eficaz colaborador y que pretendo seguir acudiendo a ti hasta que la muerte nos separe.

  Habrás notado que el bedel es el personaje que abre y cierra el film. Esto no es casual. De hecho, el mayor mérito que se me puede atribuir ( y también la mayor dificultad que el film ofrece para el espectador normal que está acostumbrado a que le intercalen mucha morralla para que se pueda distraer todo lo que quiera) consiste en que en mis peliculitas nada es casual. Si te distraes un momento pierdes el hilo. El bedel, prosigo, viene a representar lo que se ha dado en llamar “la escuela de la calle”, en contraposición de la escuela propia-mente dicha. De ahí el enfrentamiento con el profesor Morelli, como se puede ver en la escena del “duelo”, escena que imita un duelo de Sergio Leone, con la música de Morricone incluída, pero que sustituye los sendos revólveres de los personajes originales por una fregona (por un lado) y un portafolios (por el otro). La finalidad, por lo visto no conseguida, de este encuentro inicial es la de oponer ambas vías de educación y también la de declarar un notorio ganador (donde queda asentada mi preferencia por lo vital ante lo académico).
  Como se puede apreciar, todo lo que sucede en el film sucede al margen del “programa de estudios”. Incluso cuando se está asistiendo a clase, todo lo que sucede verdaderamente, sucede en otro plano. Así es que tenemos varias actividades o intereses paralelos por parte de los niños. Tenemos la clásica medición de fuerzas que protagonizan los dos matones, el gordo y el pequeñajo, etc. Tenemos el interés por los deportes (el fútbol en este caso por más popular y también más afín a mis gustos) y el incipiente interés por el sexo (en pirncipio de connotaciones onanistas) antes que cualquier interés por el estudio que viene a ser sólo otra incomprensible imposición de los mayores. Esto se apunta desde un principio mientras la madre lleva al niño al colegio y también se apunta a que los hombres mayores también se comportan como niños siempre que pueden (“eres igual que tu padre….). Luego tenemos unos apuntes acerca del amor.  Jaume ama a Gloria, Gloria ama a Pep, Pep ama a Mmlle. Bidart y…..
el profresor Morelli también. He aquí una visión del amor que, por apuntar únicamente a la posesión de su objeto, se puede decir que está mal llamado amor. Por otra parte tenemos a la otra parejita a quienes une la conciencia de percibir las mismas cosas de la misma manera (los pajaritos, la música).
  En suma, los niños empiezan a querer ser mayores, los mayores se comportan como niños, casi todos quieren aquello que no pueden tener y lo poco que se dice se ve refutado por lo que sucede (Mmle Bidart: “no es mi tipo de hombre, claro…”, para luego irse tan contenta con un clon de Morelli e igual de ridículo).
  En fin, todo esto que digo (y muchas cosas más que te ahorro porque no quiero hacer como aquél que escribió una historia de la literatura argentina más extensa que la propia literatura argentina, según el decir de J.L.B.) está puesto en la película y cada plano está atado al siguiente según una lógica de lo más estricta pese a todo lo que se tuvo que improvisar al punto de tener que inventar personajes y situaciones sobre la marcha. Dicho esto parecería que mi opinión es que estamos ante un film maravilloso. Pues no, pero los defectos son de acabado. Si los recursos y las circunstancias hubieran permitido trabajar con más tiempo , sobre todo con más tiempo de preparación y ensayo de las diferentes escenas, todo hubiera quedado mucho más claro. Sin embargo, la estructura narrativa es bien sólida, creo yo. Los datos están a la vista y todas las historias se cierran a su tiempo y el clima, tiernamente irónico, ligeramente humorístico, creo que está conseguido con la ayuda de la música.
  Los defectos evidentes (los diálogos circunstanciales improvisados, a veces puestos a la hora del montaje y de manera apresurada, la ausencia de una dirección de actores por falta de tiempo, la imperfección de muchos planos por los mismos motivos) desde luego están ahí y atentan con eficacia contra el resultado final. Pero el caso es que si esperaba a tener todo atado antes de ponerme a rodar nunca se hubiera hecho la película. Ahora, a la vista de lo conseguido con tan pocos medios, espero poder contar con un mayor apoyo para la siguiente.-

                                                                                                        H.

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                                                                     Palma de Mallorca, 27 de Agosto de 2007


Dear Canfield, difícil sería encontrar en este mundo dos personas que procedan de modo tan diferente como tú y yo. Tú eres una persona aplicada y con una actitud profesional mientras que yo soy anárquico y no pienso jamás en ganarme la vida con las cosas que pienso y/o escribo y/o filmo. Por lo tanto, a la hora de comentar tus obras literarias, tengo que tomarme el trabajo de diferenciar lo que a mí me gusta o interesa de lo que puede ser válido, según mi poco fiable opinión, para editarse y/o representarse. Empiezo por el final:

El entremés de la Catita o cateta española, creo que es perfectamente utilizable y puede tener una buena acogida por parte del público en general. Claro que dependerá de la persona que lo interprete, tanto por su capacidad interpretativa como por su status artístico. Pero, bueno, esto es válido para cualquier texto que deba ser interpretado por terceros. A mí este tipo de cosas no me divierte, pero ya se sabe que a mí no me divierte casi nada. Tampoco me divierte Catita, lo que no impide que Catita haya tenido una carrera artística plena de éxitos y que a ti te guste, según tengo entendido. En todo caso, el humor basado en la ignorancia y simplicidad de las clases populares siempre ha contado con el apoyo de un público mayoritario.

Las Horas Vacías, a mí modo de ver, no justifican una representación. No sé si se puede llegar a algún sitio por ese camino pero, en todo caso, creo que faltaría mucho por recorrer. Como digo al principio, tú eres una persona aplicada y es muy probable que acabes por conseguir un producto representable y representado, pero yo no sabría imaginarme el cómo, porque yo necesito partir de una intuición fuerte para empezar a imaginarme recorrido formal de la cosa.
He estado pensando en la primera versión cinematográfica de Alfie  para ver qué era lo que allí funcionaba, en el fondo. Pero no recuerdo bien el film y sólo tengo la idea de que me había parecido una buena historia. La versión de Jude Law ya no me gustó nada. En fin, que creo que aún le falta sustancia, si la intención es proponer un asunto moral, o humor, si se trata de proponer un mero pasatiempo.

Seguimos hablando

                                     N.


                                                    ---------------

a Sylvia Huertas

                                                                   “… una historia que no es
                                                                    la que cuentan del corsario
                                                                    ni tampoco lo contrario…”

                                                                                                   J.M.S.



Decia Wimpi, aquel gran filósofo uruguayo a quien los inteligentes del país catalogaban como humorista creyendo, equivocadamente, que con ello restaban importancia a su figura, que hay cosas que, cuando se las explica, pierden lo que en ellas hay de esencial y encantador. Ponía Wimpi como ejemplo el análisis de otro inteligente que aseguraba que el zapatito de la Cenicienta no era de cristal sino de cuero. Dicho inteligente se apoyaba en la teoría de que el linotipista de la imprenta había compuesto “pantoufle en verre” allí donde el autor habia puesto “pantoufle en vere”.
Acababa explicando Wimpi que, con independencia de lo que el estudio del estudioso pudiera tener de cierto o verificable, lo único que se conseguía con aquel concienzudo análisis era quitar toda la magia que nos llegaba desde el relato de la historia que nos narraba la abuela mientras bordaba primorosamente una carpetita… o algo así, porque cito de memoria.

A mí me gusta, por sobre todas las artes, el cine porque es el medio expresivo más apto para utilizar la elipsis, para conseguir aquello que, en literatura,  E. Hemingway denominaba la teoría del Iceberg: Una octava parte a la vista y el resto es lo que sabe el autor y lo que el lector ha de comprender sin ver.

Y la vida sólo me gusta cuando más se parece al buen cine, cosa que sucede muy pocas veces y que, las pocas veces que sucede, la gente se ocupa de fastidiar buscándole una explicación que puede ser más o menos verificable pero nunca nos acercará más a aquello que Truman Capote definió como “la verdadera realidad” en contra de lo que se suele entender por “la realidad .

Y, bueno, esto es todo por hoy

                                                                                            N.



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