LA VOCACION
Entró en P.J. Clarke's, puso el pequeño maletín sobre la barra, ocupó un taburete y pidió un gimlet. Había tiempo de sobra. El tipo y la fulana no iban a aparecer hasta más o menos las siete, nunca antes de las seis y media. El tipo era un hombre metódico y Marcos lo había constatado de forma más que suficiente.
Tener tiempo de sobra era algo que a Marcos le producía un enorme placer. Afuera, la gente se movía por la Tercera como una legión de hormigas, con prisa, como si realmente fueran a algún lugar que mereciera la pena tanta ansiedad.
Bebió un sorbo, sacó la foto que llevaba en el bolsillo de la americana y fijó en su mente, una vez más, el rostro del sujeto. La foto y las llaves del piso le habían sido entregadas por el intermediario del Inglés junto con el dinero del adelanto y las instrucciones pertinentes: la chica, aunque debía estar presente, no tenía que sufrir ningún daño.
Terminó su bebida, consultó el reloj, pagó la consumición, recogió el maletín y, al salir del local, tomó hacia la izquierda. El edificio estaba allí mismo, en la Tercera y la cincuenta y tres, un par de calles más abajo de P.J. Ya anochecía en New York.
Justo a las seis y treinta entró al edificio. El portero no tenía que estar, y no estaba. Una vez en el ascensor pulsó el botón de la planta veinte. Solamente habían dos pisos por planta.
Abrió la puerta, entró y volvió a cerrar con llave. Había Luna llena y su resplandor entraba por el amplio ventanal que daba a la terraza. Con eso era suficiente, Marcos no tocó el interruptor de la luz. Igualmente se puso los guantes de seda que llevaba en el bolsillo izquierdo de la chaqueta.
Era un piso alto que daba sobre la Tercera Avenida, el suelo era de madera noble y las alfombras eran mullidas y suaves. La sala era amplia y había dos grandes sofás de piel marrón oscuro enfrentados, con una mesa de cerezo y cristal en medio. Había también, a un lado, un sofá individual de esos con un soporte para apoyar las piernas y un mando para controlar los mecanismos.
Marcos se dirigió al pequeño pero surtido bar que había junto al ventanal y se sirvió un generoso trago de whisky de malta, después acomodó el sofá individual de modo que quedara mirando hacia la puerta de entrada y se sentó a saborear su copa de escocés. Había tiempo. Abrió el maletín, sacó la Sig Sauer y el silenciador. Colocó el silenciador en la pistola y quedó a la espera de los acontecimientos, sumido en sus recuerdos.
Marcos no había descubierto su verdadera vocación hasta sus casi treinta y cinco años. De esto hacía ya casi un lustro. Antes de eso había pasado por varias etapas. Al principio, y ya que nunca fue un buen estudiante, había estado unos cuantos años trabajando para diversas empresas en su país natal.
Marcos se aburría mucho.
Marcos entraba a trabajar en una empresa, aprendía las tareas que se le asignaban y un par de meses más tarde ya le sobraban siete de las ocho horas que marcaba el horario laboral. Marcos no comprendía cómo se las arreglaba el resto del personal para mantenerse ocupados, o fingir que lo estaban, durante toda la jornada.
Mientras, probó también otras cosas. Estuvo coqueteando con "la revolución", pasó un par de semanas en una comunidad más o menos hippie, hizo un poco de teatro amateur, escribió unos cuantos poemas y y un par de piezas de teatro más bien mediocres e innecesarias. Anduvo viajando por aquí y por allá. Estuvo viviendo en Buenos Aires con una mujer joven, guapa y rica que lo tenía por una especie de genio, y un largo etcétera.
Marcos se aburría.
También era, en general, un deportista bastante bueno. Quizás hubiera podido, en su momento, ganarse la vida jugando al tenis, pero no había puesto el suficiente interés. A Marcos le aburría entrenar. Ahora jugaba al golf, puesto que su actual trabajo le dejaba mucho tiempo libre y era casi lo único que no le aburría.
Aparte de su vocación, claro.
Había descubierto su vocación en New York. New York era el sitio adecuado para descubrir una vocación como la suya.
Más o menos en todas estas cosas estaba pensando Marcos cuando oyó el sonido de la cerradura. Marcos hizo girar el sofá unos ciento ochenta grados de modo que el respaldo quedara hacia la entrada. Esperó a que la puerta terminara de cerrarse y volvió el sofá a la posición anterior. Depositó el vaso de whisky en el suelo, junto al sofá, y levantó la Sig que había tenido todo el tiempo en su regazo.
Estaban los dos. El tipo tenía unos cuarenta años e iba muy bien vestido: Armani y todo eso, Rolex, etc.
Marcos se dirigió al pequeño pero surtido bar que había junto al ventanal y se sirvió un generoso trago de whisky de malta, después acomodó el sofá individual de modo que quedara mirando hacia la puerta de entrada y se sentó a saborear su copa de escocés. Había tiempo. Abrió el maletín, sacó la Sig Sauer y el silenciador. Colocó el silenciador en la pistola y quedó a la espera de los acontecimientos, sumido en sus recuerdos.
Marcos no había descubierto su verdadera vocación hasta sus casi treinta y cinco años. De esto hacía ya casi un lustro. Antes de eso había pasado por varias etapas. Al principio, y ya que nunca fue un buen estudiante, había estado unos cuantos años trabajando para diversas empresas en su país natal.
Marcos se aburría mucho.
Marcos entraba a trabajar en una empresa, aprendía las tareas que se le asignaban y un par de meses más tarde ya le sobraban siete de las ocho horas que marcaba el horario laboral. Marcos no comprendía cómo se las arreglaba el resto del personal para mantenerse ocupados, o fingir que lo estaban, durante toda la jornada.
Mientras, probó también otras cosas. Estuvo coqueteando con "la revolución", pasó un par de semanas en una comunidad más o menos hippie, hizo un poco de teatro amateur, escribió unos cuantos poemas y y un par de piezas de teatro más bien mediocres e innecesarias. Anduvo viajando por aquí y por allá. Estuvo viviendo en Buenos Aires con una mujer joven, guapa y rica que lo tenía por una especie de genio, y un largo etcétera.
Marcos se aburría.
También era, en general, un deportista bastante bueno. Quizás hubiera podido, en su momento, ganarse la vida jugando al tenis, pero no había puesto el suficiente interés. A Marcos le aburría entrenar. Ahora jugaba al golf, puesto que su actual trabajo le dejaba mucho tiempo libre y era casi lo único que no le aburría.
Aparte de su vocación, claro.
Había descubierto su vocación en New York. New York era el sitio adecuado para descubrir una vocación como la suya.
Más o menos en todas estas cosas estaba pensando Marcos cuando oyó el sonido de la cerradura. Marcos hizo girar el sofá unos ciento ochenta grados de modo que el respaldo quedara hacia la entrada. Esperó a que la puerta terminara de cerrarse y volvió el sofá a la posición anterior. Depositó el vaso de whisky en el suelo, junto al sofá, y levantó la Sig que había tenido todo el tiempo en su regazo.
Estaban los dos. El tipo tenía unos cuarenta años e iba muy bien vestido: Armani y todo eso, Rolex, etc.
Y coincidía con la foto.
La mujer estaba más que bien y era bastante más joven que el tipo. La mujer parecía sorprendida. El tipo, mucho más:
- Pero, ¿ qué cojones...? - atinó a decir.
Marcos apretó el gatillo. El tipo se miró el pecho como si no pudiera creerse lo que pasaba. Después se derrumbó sobre la alfombra. Marcos miró a la mujer. Estaba muy pálida. Era una mujer francamente hermosa. La mujer miró a Marcos. Marcos se llevó el índice izquierdo a los labios. La mujer permaneció callada. Y muy pálida. Y francamente hermosa.
Se metió el vaso en el bolsillo de la americana, guardó la pistola en la sobaquera, se levantó del sofá, pasó junto a la mujer y por encima del cadáver del tipo. Luego abrió la puerta, salió y volvió a cerrar. Se dirigió sin prisa hacia el ascensor, bajó los veinte pisos, salió del edificio, caminó hasta la cuarenta y seis , dobló la esquina, anduvo un trecho y entró en Sparks. Tenía mesa reservada para dos.
Pidió un whisky de malta, veinticinco años, mientras esperaba a su acompañante. Comparó en su mente a la mujer que esperaba con la que acababa de dejar en el piso de la Tercera. Eran estilos diferentes, dentro de un mismo nivel. Cuando ganas el dinero suficiente todas las chicas están muy bien.
Iba a tomar un T-bone poco hecho con patatas y una botella de merlot de ochenta dólares, la chica seguro que pediría algo más sofisticado y con menos calorías. Cada cual en su negocio, pensó Marcos.
Marcos consultó el reloj, no quería irse a dormir demasiado tarde, tenía hora a las nueve de la mañana en el campo de golf.
Marcos vio cómo la chica que esperaba cruzaba, casi puntual, por la puerta de entrada de Sparks. Era una chica francamente hermosa.
Últimamente, Marcos se aburría más bien poco.
La mujer estaba más que bien y era bastante más joven que el tipo. La mujer parecía sorprendida. El tipo, mucho más:
- Pero, ¿ qué cojones...? - atinó a decir.
Marcos apretó el gatillo. El tipo se miró el pecho como si no pudiera creerse lo que pasaba. Después se derrumbó sobre la alfombra. Marcos miró a la mujer. Estaba muy pálida. Era una mujer francamente hermosa. La mujer miró a Marcos. Marcos se llevó el índice izquierdo a los labios. La mujer permaneció callada. Y muy pálida. Y francamente hermosa.
Se metió el vaso en el bolsillo de la americana, guardó la pistola en la sobaquera, se levantó del sofá, pasó junto a la mujer y por encima del cadáver del tipo. Luego abrió la puerta, salió y volvió a cerrar. Se dirigió sin prisa hacia el ascensor, bajó los veinte pisos, salió del edificio, caminó hasta la cuarenta y seis , dobló la esquina, anduvo un trecho y entró en Sparks. Tenía mesa reservada para dos.
Pidió un whisky de malta, veinticinco años, mientras esperaba a su acompañante. Comparó en su mente a la mujer que esperaba con la que acababa de dejar en el piso de la Tercera. Eran estilos diferentes, dentro de un mismo nivel. Cuando ganas el dinero suficiente todas las chicas están muy bien.
Iba a tomar un T-bone poco hecho con patatas y una botella de merlot de ochenta dólares, la chica seguro que pediría algo más sofisticado y con menos calorías. Cada cual en su negocio, pensó Marcos.
Marcos consultó el reloj, no quería irse a dormir demasiado tarde, tenía hora a las nueve de la mañana en el campo de golf.
Marcos vio cómo la chica que esperaba cruzaba, casi puntual, por la puerta de entrada de Sparks. Era una chica francamente hermosa.
Últimamente, Marcos se aburría más bien poco.
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