jueves, 24 de noviembre de 2011

F. y yo

F., mi reenviador de correos oficial, me reenvía ahora una edición virtual del Quijote acompañada de efusivos elogios, etc.
La enfermiza fascinación que me producen los reenvios y comentarios de F. me impide borrarlos sin leer, como suelo hacer con el resto de los reenvíos de los demás reenviantes, y me obliga, en más de una ocasión, a la inútil tarea de remitirle mis comentarios al respecto.
Para muestra de lo que pasa, copio mi respuesta de hoy:


   Estimado F. rescato de mi blog algo que escribí en su momento:

"Por televisión nos leen el Quijote a trozos
los primeros párrafos han corrido a cargo del monarca J.C.
los últimos podrían corresponder al argentino Jorge Valdano.
Yo recomiendo conectar mientras se realiza una sesión de anti-gimnasia, con lo cual ejercitaremos de un solo golpe (y sin el menor esfuerzo), cuerpo, mente y espíritu.
También es conveniente comprar el libro porque hace bonito en la librería al tiempo que da testimonio.
En caso de que vd. ya tenga el libro, ahora puede enterarse de qué va la historia.
En caso de que vd., además de tener el libro, lo haya leído, ahora podrá recordar de qué iba la historia.
En caso de que vd. tenga el libro, lo haya leído y  recuerde de qué iba la historia, seguro que tiene el televisor apagado         

Moraleja: Siéntate en el sofá de tu sala  y alguien acabará por leerte el Quijote."



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Ahora me gustaría recordar que, al igual que aquel Principito que prefería ir caminando lentamente hasta el pozo y beber un jarro de agua fresca antes que tomarse una pastilla contra la sed, la idea de buscar el libro en la biblioteca y sentarme en el sofá, bajo la lámpara, me sigue resultando más atractiva que esta tan novedosa de leer por ordenador.
El caso es que, aunque la edición del libro que habita mi librería es claramente más modesta que la que me ofrece el ordenador,  a la mía la puedo tocar.
Manías que uno tiene, dirás tú. Pero, qué le vamos a hacer, yo soy a la antigua: entre un polvo con la vecina del quinto y una paja con Shakira, me quedo con el polvo.

No ignoro que este mensaje se perderá rápidamente en la papelera de reciclaje de tu lúcido cerebro, pero ahora mismo estoy aburrido y no tengo nada mejor que hacer que perder el tiempo acometiendo empresas que, mira por dónde, se podrían calificar de modestamente quijotescas.

                                                                                
Saludos

                                     H.

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Lo interesante de este asunto viene a ser el absoluto paralelismo existente entre la forma de ver las cosas que profesa F. y la mía propia. Cada una de ellas sigue una línea que jamás, en ningún caso, absolutamente, puede llegar a tocarse con la otra.
F. y yo podemos leer el mismo libro, ver la misma película, escuchar el mismo discurso, ver la misma puesta de sol, el mismo partido de fútbol y nuestros pensamientos, nuestra reacción ante el compartido estímulo permanecerán incontaminados el uno del otro sin remedio.
La diferencia consiste, únicamente, en que a F., lo que yo pueda decir u opinar con respecto a lo que él dice, le resbala olímpicamente.  F. dispone de un sistema de protección que le hace invulnerable, inaccesible a cualquier intento de provocación. F. no acepta nada que le obligue a pensar. F. es una máquina repetidora dotada de un filtro implacable  que deja pasar únicamente las cosas que se siente obligado a repetir. El filtro de F., que data de los 60's , es un filtro forjado en el anticomunismo nacionalista cultito y de izquierdas (aberración político cultural puesta de moda por los franceses y adoptada rápidamente y en particular por los uruguayos, durante aquellos "maravillosos años") y que, con el tiempo, solo ha incorporado algunos matices post-post- modernos de última hora como permitir el paso a las verdes ilusiones, a los abusos de la cofradía del ano y a la indignación de los bobos.
Yo, en cambio, soy inmunodeficiente y me fumo los reenvíos de F. sin anestesia, lo que no me deja otro remedio que descargar en mis improbables lectores una parte de los residuos tóxicos a los que intento reciclar mediante la también improbable alquimia del  humor.



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