Personalmente, me tocó aprender las bondades de un orden jerárquico en las canchas de fútbol y en los trinquetes de pelota vasca.
No son muchas las personas que consiguen entender cuándo les toca mandar, cuándo les toca obedecer y cuándo les corresponde compartir el mando.
Esta sociedad actual se ha empeñado, y lo ha conseguido, en mitigar todo orden jerárquico natural. Se promueve una falaz e imposible igualdad entre las personas que no hace sino confundir las cosas y volver ineficaz el aprendizaje natural que procede de las relaciones jerarquizadas también naturalmente.
En las canchas, por ejemplo, no mandaba necesariamente el jugador más hábil sino más bien aquel cuyo carácter ganador y su visión de conjunto le convertían en líder sin necesidad de cualquier disposición formal por parte del entrenador. Y la cosa funcionaba a las mil maravillas hasta que este entrenador se convirtió en la estrella del equipo. Antes, el capitán era Obdulio Varela, y mandaba él. Ahora, el capitán es Messi y manda el Míster (por ejemplos). La diferencia es importante. Basta con mirarle la cara a cada uno.
Así, y por extensión, nos encontramos con que en toda Europa (y también en el resto de nuestro Occidente) no existe un líder político que merezca tal apelativo, ni de cerca.
Ahora manda el entrenador. El entrenador, en el caso de la política, es una entidad supra nacional compuesta por los poderes financieros. Este entrenador cree disponer de un sistema infalible que, impuesto a un equipo de borregos bien entrenados físicamente, va a ganar el campeonato mundial. "Graso error" diría César Bruto. Salvo que la totalidad de sus rivales se adscriban a la misma falaz filosofía, cosa que sucede en el fútbol pero no en la política mundial.
En Occidente los líderes son Wall Street y la City londinense, en el lado contrario son Vladimir Putin y Xi Jinping.
Cada cual que saque sus conclusiones.
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