viernes, 26 de abril de 2013

Réquiem por Kid Francis


                                                                                                                       a mi joven amigo Pep



Fue hace muchísimos años y en un país lejano

Yo tenia dieciocho o diecinueve y él tendría unos sesenta más bien largos
Era un hombre sin estudios que apenas sabría leer y escribir
Había sido un boxeador de mediana relevancia y luego se hizo árbitro y profesor de boxeo y daba clases en el club donde yo jugaba al fútbol
Yo iba a veces a hacer guantes con algún compañero y le escuchaba repetir incansablemente su frase favorita: "Sé vivo, entrá y salí", una frase que por supuesto resultaba vital para la práctica de aquel deporte si no querías salir demasiado maltrecho del ring

Nos cruzábamos en el vestuario o en el bar de club y siempre tenía una sonrisa en los ojos y un saludo amable en los labios

 - Qué tal, campeón...
- Cómo va Francis -respondía yo, y a continuación le decía- ya sé, no me diga nada:"entrá y salí"

El aceptaba la broma con la misma sonrisa de siempre y seguía su camino como si ignorara el aire burlón con el que mis arrogantes dieciocho o diecinueve años envolvían a su frase favorita
Y es que por aquel entonces yo ya me había digerido todos los epigramas de Oscar Wilde, por poner un ejemplo cualquiera de lo que yo consideraba por entonces "el saber"

Pero una noche en la que yo me encontraba en el bar del club tomando copas en compañía de otros parroquianos que me doblaban la edad y cuyo deporte favorito era precisamente ése, tomar copas, Kid Francis se acercó a la barra, pidió una coca-cola, se la bebió y, antes de irse por su camino me puso una mano en el hombro y me dijo: "Sé vivo, entrá y salí"

Todavía tuve que recibir un buen lote de mamporros innecesarios antes de acabar de digerir todo el contenido de aquella frase tan elemental y, por supuesto, nunca llegué a manifestarle mi reconocimiento a su autor, porque así somos cuando somos tan jóvenes y parece que apenas somos capaces (en el mejor de los casos) de pagar las deudas que contraemos con nuestros mayores intentando dar algo de lo que hemos recibido a aquellos que vienen detrás nuestro

De ahí que este modesto réquiem en honor a mi viejo y difunto maestro vaya dedicado a mi joven amigo con la esperanza de que llegue a sentir en su hombro el calor de aquella vieja y castigada y sabia mano que ahora es también  un poco la mía

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