(6)
LA FASCINACION DE LAS TABLAS
Es el tipo de cosas que te pasan cuando vas sobrado de tiempo.
Era un grupo de psicólogos de la escuela lacaniana y estaban todo el día y gran parte de la noche dale que te pego con Lacan y Roland Barthes y todo ese rollo inextricable sumamente. Yo había estado luchando sin mayor éxito contra la frigidez de una de las componentes quien, por razones igualmente inextricables, había decidido que yo era una especie de genio con un talento artístico fuera de lo común, etc.
Así que ahí estaba yo, en medio de aquella fauna, perdiendo una parte del tiempo que me sobraba mientras asistía a la denostación de todos los psicólogos que no pertenecieran a aquella pequeña, dilecta y selecta sub-secta.
De pronto pasa que el sumo sacerdote de la secta global (creo que era el yerno y continuador de Lacan, o algo así), anuncia que se va a dar un garbeo por Buenos Aires para dentro de unos meses y también pasa que uno de los sectarios, un tal Hugo Nomeacuerdoqué, tiene escrita una pieza de teatro para dos personajes de lo más lacaniana, ella. Entonces empiezan a hablar de preparar la obra para representarla durante los eventos programados para la visita del Gran Visir. Otro de los sectarios (Mauricio Tampoco-meacuerdoqué) se ofrece inopinadamente para dirigir y, entonces, mi amiga y admiradora me propone para organizar la producción de la cosa en virtud de mi "talento, experiencia y conocimiento del mundo de la representación" (sic). Todo ello basado en un medio metraje en Super 8 que yo habia hecho en Montevideo justo antes de saltar a la Gran Capital.
Como dije antes, tenía mucho tiempo para perder.
Y eso es lo que hice.
Lo primero, leí la obra. El planteo era previsible pero más o menos correcto: Una actriz en conflicto con su otro yo (la mujer "real"), etc. Los parlamentos eran previsiblemente inextricables, epíteto, éste, cuyo uso reiterado en esta parte del relato se me antoja ineludible. Lo siento.
El promitente director trajo a una conocida suya que había hecho algo de teatro amateur, para el papel de la actriz. El otro personaje lo haría la mujer del autor, ya que daba el físico (un buen físico, todo hay que decirlo), la edad y además, claro, era la mujer del autor.
Reinaba el entusiasmo.
Entretanto yo, que era el único que no conocía a casi nadie en Buenos Aires, me ocupaba de intentar conseguir una sala gratuita para la única representación prevista y al menos media docena de ensayos,
las reuniones de trabajo transcurrían en el despacho del autor.
Las actrices le preguntaban al director por el significado de un párrafo y el director les respondía, como corresponde a un psicólogo, con otra pregunta del tipo: ¿A vos qué te parece?
Y allí comenzaba un largo debate.
Un debate lacaniano.
Inextricable, o sea.
El ensayo propiamente dicho quedaba para otro dia.
La actriz amateur se cansó pronto y se bajó del autobús.
Habia que huir.
Mi modo de huir siempre ha sido hacia adelante (excepto cuando se trata de una agresión física, claro).
Propuse contratar a una actriz profesional y plantearnos poner la obra en un teatro de verdad.
El autor se mostró entusiasmado. .
Su mujer estuvo encantada.
El director mantuvo una actitud muy profesional (como psicólogo, claro).
Aventuró un: " Bueno, no digo que sí ni que no..."
Quedaba pendiente el tema de la financiación. El autor se mostró entusiasmado y declaró que hacia cargo de la mitad del presupuesto si yo me hacía cargo de la otra mitad.
La mujer miró al autor.
El autor apostrofó que lo último que alguien debía hacer era traicionar el deseo, y que su mayor deseo era ser autor teatral. Si hacía falta vendería el coche.
Casi me hizo llorar.
La mujer siguió mirando al autor.
El director no dijo nada.
Yo dije: bueno, allá vamos...
Y empezamos a ir.
Conseguí una actriz que había hecho bastante televisión, algo de cine y casi nada de teatro. Daba el tipo.
Conseguí una sala pequeña para ensayar.
Reservé una sala del circuito para el estreno y un mes de representaciones.
Tenía una actriz profesional y tenía una sala en la calle Corrientes. En base a estas dos verdades, algunas medio verdades, unas cuantas mentiras y toda clase de promesas y chantajes, conseguí asegurarme mi mitad del presupuesto. Mis amigos y conocidos corrían el riesgo de perder su dinero y yo corría el riesgo de perder unos cuantos amigos y conocidos.
Reinaba el entusiasmo.
Retomamos los ensayos.
La actriz profesional (Marcela Yalgomás) pedía ayuda para la interpretación del texto.
El director respondía con una pregunta ("¿A vos qué te parece?").
Marcela me miraba a mí.
Yo ponía cara de póker.
Se organizaba un debate lacaniano.
Por si eso fuera poco, el director, sin previo aviso, faltaba a la mitad de los ensayos por razones profesionales o familiares.
Indistintamente.
En ausencia del director y para que no decayera el ánimo, yo dirigía los ensayos.
La obra se abría con un largo monólogo de la actriz (un monólogo inextricable) en la sala de estar de su casa y, al final del mismo, aparecía su "otro yo".
La actriz preguntaba por el significado del monólogo y yo le decia que no se preocupara mucho por ello, que jugara con ritmo de las frases, con el peso específico de cada palabra, etc.
El efecto era positivo.
Los actores profesionales quieren que los dirijas. Son obedientes y muy responsables en cuanto a esa obediencia. Toda otra responsabilidad se la dejan al director, así que ella soltaba las frases buscando un ritmo y la cosa quedaba bastante aparente.
Y muy inextricable.
Otra clase de apoyo que yo le daba a las actrices era del tipo:
Mujer del autor - Pero, vamos a ver, ¿mi personaje es real, es de carne y hueso o ...?
Yo - (rápidamente) A ver, vos lo que querés saber es si tu personaje mueve el intestino o no lo mueve...
Mujer del autor - Ssí, algo así.
Yo - Bueno, no. No mueve el intestino.
El autor estaba encantado.
Las actrices estaban encantadas.
El director empezaba a estar celoso.
Y preocupado.
Yo no estaba bien de la cabeza, evidentemente. Yo me comportaba como un tipo duro de Broadway, había visto muchas películas y sabía perfectamente cómo comportarme: presionaba aquí, condescendía allá, volvía a presionar. Siempre al límite. La mujer del autor empezó a llorar a menudo durante sus ensayos conmigo. Yo hacía un alto y les daba una sesión de relajación tipo yoga. Después le daba unos masajes en el cuello y las sienes a la mujer del autor.
La mujer del autor estaba encantada.
Marcela, la actriz profesional, empezaba a estar preocupada. Esto sólo se podía arreglar de una manera. Le dí un adelanto a cuenta de sus honorarios por las futuras representaciones.
Santo remedio.
El director empezó a cagarse en los pantalones. Un día me dijo que con toda la presión que yo metía alguien iba a sufrir un infarto. Yo le respondí que "en este negocio nadie se muere de viejo".
El papel de tipo duro de Broadway me salía cada vez mejor.
El director dimitió.
Continué con mi huida hacia adelante y salí a buscar un director profesional. Le pasé el texto a unos cuantos pero todos lo encontraban inextricable. Mientras tanto seguía dirigiendo los ensayos. Durante uno de estos, la actriz profesional preguntó para qué buscábamos un director si yo lo estaba haciendo de maravilla. La mujer del autor estaba encantada. El autor tenía sus dudas.
Decidimos hacer un par de ensayos empezando desde cero y tomar una decisión.
Primer ensayo:
El escenario a oscuras.
La actriz comienza su monólogo inextricable con un ritmo más que aceptable.
Una luz va creciendo muy lentamente sobre el rostro de la actriz.
El escenario a oscuras, la voz de la actriz y su rostro iluminado.
El monólogo, junto con la luz, tiene que crecer en intensidad...y crece.
Sobre el respaldo del sofá, en una postura felina, la antagonista.
Otra luz empieza a crecer sobre ella, lentamente.
El monólogo continúa.
Fascinante.
Inextricable.
La antagonista se despereza como un felino, sensual, lentamente. El vestuario simula un desnudo.
La luz del escenario va creciendo hacia el final del monólogo...
Fin del primer ensayo.
El autor - "No me lo puedo creer...lo has entendido mejor que yo..." (sic)
Gran entusiasmo general.
Productor y Director...por el mismo precio.
Quedaba un mes para el día del estreno.
A medida que nos acercábamos al día D, la actriz profesional se iba afirmando en su personaje (decía las frases inextricables con un ritmo cada vez más convincente).
La mujer del autor lloraba más a menudo y lo hacía cada vez peor.
Por otra parte, se acercaba el momento en que el autor tenía que poner el dinero que le correspondía. Yo ya había pagado el adelanto de la actriz y un anticipo a cuenta para la sala, el decorado y el vestuario.
La presión crecía.
La actriz profesional aguantaba,
Yo aguantaba (como un tipo duro de Broadway).
La mujer del autor lloraba.
El psicólogo y ex-director resultó ser un visionario.
Al autor le pegó un infarto.
La mujer del autor vino con la noticia.
El tipo no había muerto pero estaba bastante jodido y no iba a poner su parte del dinero.
Decidimos suspender ahí mismo.
La actriz profesional se lo tomó con filosofía (sobre todo porque yo le dije que no tendría que devolver el anticipo).
El autor me llamó por teléfono para darme una explicación de por qué no había cumplido con su parte del trato.
Yo le recordé aquello de no traicionar el deseo, etc.
Continuó con su explicación.
Era una explicación larga e inextricable.
Los siguientes meses me los pasé devolviendo el dinero ajeno que había invertido de forma tan inopinada.
De vez en cuando también le daba algún que otro masaje a la mujer del autor.
La fascinación de las tablas, en suma.
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LA FASCINACION DE LAS TABLAS
Es el tipo de cosas que te pasan cuando vas sobrado de tiempo.
Era un grupo de psicólogos de la escuela lacaniana y estaban todo el día y gran parte de la noche dale que te pego con Lacan y Roland Barthes y todo ese rollo inextricable sumamente. Yo había estado luchando sin mayor éxito contra la frigidez de una de las componentes quien, por razones igualmente inextricables, había decidido que yo era una especie de genio con un talento artístico fuera de lo común, etc.
Así que ahí estaba yo, en medio de aquella fauna, perdiendo una parte del tiempo que me sobraba mientras asistía a la denostación de todos los psicólogos que no pertenecieran a aquella pequeña, dilecta y selecta sub-secta.
De pronto pasa que el sumo sacerdote de la secta global (creo que era el yerno y continuador de Lacan, o algo así), anuncia que se va a dar un garbeo por Buenos Aires para dentro de unos meses y también pasa que uno de los sectarios, un tal Hugo Nomeacuerdoqué, tiene escrita una pieza de teatro para dos personajes de lo más lacaniana, ella. Entonces empiezan a hablar de preparar la obra para representarla durante los eventos programados para la visita del Gran Visir. Otro de los sectarios (Mauricio Tampoco-meacuerdoqué) se ofrece inopinadamente para dirigir y, entonces, mi amiga y admiradora me propone para organizar la producción de la cosa en virtud de mi "talento, experiencia y conocimiento del mundo de la representación" (sic). Todo ello basado en un medio metraje en Super 8 que yo habia hecho en Montevideo justo antes de saltar a la Gran Capital.
Como dije antes, tenía mucho tiempo para perder.
Y eso es lo que hice.
Lo primero, leí la obra. El planteo era previsible pero más o menos correcto: Una actriz en conflicto con su otro yo (la mujer "real"), etc. Los parlamentos eran previsiblemente inextricables, epíteto, éste, cuyo uso reiterado en esta parte del relato se me antoja ineludible. Lo siento.
El promitente director trajo a una conocida suya que había hecho algo de teatro amateur, para el papel de la actriz. El otro personaje lo haría la mujer del autor, ya que daba el físico (un buen físico, todo hay que decirlo), la edad y además, claro, era la mujer del autor.
Reinaba el entusiasmo.
Entretanto yo, que era el único que no conocía a casi nadie en Buenos Aires, me ocupaba de intentar conseguir una sala gratuita para la única representación prevista y al menos media docena de ensayos,
las reuniones de trabajo transcurrían en el despacho del autor.
Las actrices le preguntaban al director por el significado de un párrafo y el director les respondía, como corresponde a un psicólogo, con otra pregunta del tipo: ¿A vos qué te parece?
Y allí comenzaba un largo debate.
Un debate lacaniano.
Inextricable, o sea.
El ensayo propiamente dicho quedaba para otro dia.
La actriz amateur se cansó pronto y se bajó del autobús.
Habia que huir.
Mi modo de huir siempre ha sido hacia adelante (excepto cuando se trata de una agresión física, claro).
Propuse contratar a una actriz profesional y plantearnos poner la obra en un teatro de verdad.
El autor se mostró entusiasmado. .
Su mujer estuvo encantada.
El director mantuvo una actitud muy profesional (como psicólogo, claro).
Aventuró un: " Bueno, no digo que sí ni que no..."
Quedaba pendiente el tema de la financiación. El autor se mostró entusiasmado y declaró que hacia cargo de la mitad del presupuesto si yo me hacía cargo de la otra mitad.
La mujer miró al autor.
El autor apostrofó que lo último que alguien debía hacer era traicionar el deseo, y que su mayor deseo era ser autor teatral. Si hacía falta vendería el coche.
Casi me hizo llorar.
La mujer siguió mirando al autor.
El director no dijo nada.
Yo dije: bueno, allá vamos...
Y empezamos a ir.
Conseguí una actriz que había hecho bastante televisión, algo de cine y casi nada de teatro. Daba el tipo.
Conseguí una sala pequeña para ensayar.
Reservé una sala del circuito para el estreno y un mes de representaciones.
Tenía una actriz profesional y tenía una sala en la calle Corrientes. En base a estas dos verdades, algunas medio verdades, unas cuantas mentiras y toda clase de promesas y chantajes, conseguí asegurarme mi mitad del presupuesto. Mis amigos y conocidos corrían el riesgo de perder su dinero y yo corría el riesgo de perder unos cuantos amigos y conocidos.
Reinaba el entusiasmo.
Retomamos los ensayos.
La actriz profesional (Marcela Yalgomás) pedía ayuda para la interpretación del texto.
El director respondía con una pregunta ("¿A vos qué te parece?").
Marcela me miraba a mí.
Yo ponía cara de póker.
Se organizaba un debate lacaniano.
Por si eso fuera poco, el director, sin previo aviso, faltaba a la mitad de los ensayos por razones profesionales o familiares.
Indistintamente.
En ausencia del director y para que no decayera el ánimo, yo dirigía los ensayos.
La obra se abría con un largo monólogo de la actriz (un monólogo inextricable) en la sala de estar de su casa y, al final del mismo, aparecía su "otro yo".
La actriz preguntaba por el significado del monólogo y yo le decia que no se preocupara mucho por ello, que jugara con ritmo de las frases, con el peso específico de cada palabra, etc.
El efecto era positivo.
Los actores profesionales quieren que los dirijas. Son obedientes y muy responsables en cuanto a esa obediencia. Toda otra responsabilidad se la dejan al director, así que ella soltaba las frases buscando un ritmo y la cosa quedaba bastante aparente.
Y muy inextricable.
Otra clase de apoyo que yo le daba a las actrices era del tipo:
Mujer del autor - Pero, vamos a ver, ¿mi personaje es real, es de carne y hueso o ...?
Yo - (rápidamente) A ver, vos lo que querés saber es si tu personaje mueve el intestino o no lo mueve...
Mujer del autor - Ssí, algo así.
Yo - Bueno, no. No mueve el intestino.
El autor estaba encantado.
Las actrices estaban encantadas.
El director empezaba a estar celoso.
Y preocupado.
Yo no estaba bien de la cabeza, evidentemente. Yo me comportaba como un tipo duro de Broadway, había visto muchas películas y sabía perfectamente cómo comportarme: presionaba aquí, condescendía allá, volvía a presionar. Siempre al límite. La mujer del autor empezó a llorar a menudo durante sus ensayos conmigo. Yo hacía un alto y les daba una sesión de relajación tipo yoga. Después le daba unos masajes en el cuello y las sienes a la mujer del autor.
La mujer del autor estaba encantada.
Marcela, la actriz profesional, empezaba a estar preocupada. Esto sólo se podía arreglar de una manera. Le dí un adelanto a cuenta de sus honorarios por las futuras representaciones.
Santo remedio.
El director empezó a cagarse en los pantalones. Un día me dijo que con toda la presión que yo metía alguien iba a sufrir un infarto. Yo le respondí que "en este negocio nadie se muere de viejo".
El papel de tipo duro de Broadway me salía cada vez mejor.
El director dimitió.
Continué con mi huida hacia adelante y salí a buscar un director profesional. Le pasé el texto a unos cuantos pero todos lo encontraban inextricable. Mientras tanto seguía dirigiendo los ensayos. Durante uno de estos, la actriz profesional preguntó para qué buscábamos un director si yo lo estaba haciendo de maravilla. La mujer del autor estaba encantada. El autor tenía sus dudas.
Decidimos hacer un par de ensayos empezando desde cero y tomar una decisión.
Primer ensayo:
El escenario a oscuras.
La actriz comienza su monólogo inextricable con un ritmo más que aceptable.
Una luz va creciendo muy lentamente sobre el rostro de la actriz.
El escenario a oscuras, la voz de la actriz y su rostro iluminado.
El monólogo, junto con la luz, tiene que crecer en intensidad...y crece.
Sobre el respaldo del sofá, en una postura felina, la antagonista.
Otra luz empieza a crecer sobre ella, lentamente.
El monólogo continúa.
Fascinante.
Inextricable.
La antagonista se despereza como un felino, sensual, lentamente. El vestuario simula un desnudo.
La luz del escenario va creciendo hacia el final del monólogo...
Fin del primer ensayo.
El autor - "No me lo puedo creer...lo has entendido mejor que yo..." (sic)
Gran entusiasmo general.
Productor y Director...por el mismo precio.
Quedaba un mes para el día del estreno.
A medida que nos acercábamos al día D, la actriz profesional se iba afirmando en su personaje (decía las frases inextricables con un ritmo cada vez más convincente).
La mujer del autor lloraba más a menudo y lo hacía cada vez peor.
Por otra parte, se acercaba el momento en que el autor tenía que poner el dinero que le correspondía. Yo ya había pagado el adelanto de la actriz y un anticipo a cuenta para la sala, el decorado y el vestuario.
La presión crecía.
La actriz profesional aguantaba,
Yo aguantaba (como un tipo duro de Broadway).
La mujer del autor lloraba.
El psicólogo y ex-director resultó ser un visionario.
Al autor le pegó un infarto.
La mujer del autor vino con la noticia.
El tipo no había muerto pero estaba bastante jodido y no iba a poner su parte del dinero.
Decidimos suspender ahí mismo.
La actriz profesional se lo tomó con filosofía (sobre todo porque yo le dije que no tendría que devolver el anticipo).
El autor me llamó por teléfono para darme una explicación de por qué no había cumplido con su parte del trato.
Yo le recordé aquello de no traicionar el deseo, etc.
Continuó con su explicación.
Era una explicación larga e inextricable.
Los siguientes meses me los pasé devolviendo el dinero ajeno que había invertido de forma tan inopinada.
De vez en cuando también le daba algún que otro masaje a la mujer del autor.
La fascinación de las tablas, en suma.
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