Ya Ingmar Bergman dejó dicho que, si él, en su primera juventud, hubiera vivido en Alemania, seguramente habría sido nazi.
El hecho de que el ser humano transite por unos caminos u otros depende, para mí y tal como pretendo dejar señalado en mi segundo libro, mucho más de las circunstancias de lo que nos gusta admitir.
El film que nos ocupa viene a querer decir algo por el estilo. El protagonista, sobre el final de la historia, declara explícitamente que aquello que hicieron los nazis en su momento lo pueden hacer ellos mismos (los buenos) en cualquier otra ocasión.
Dicho esto, no se entiende por qué el psiquiatra se enfada tanto con el Reichsmarschall Göring, por qué no acepta la comparación que este hace de sí mismo con Gengis Kan y otros predecesores de Adolfo empeñados en dominar el mundo sin detenerse en "daños colaterales", etcétera.
Una vez más un autor apela a la declaración de un personaje para expresar lo que no ha conseguido hacer mediante las sutilezas de la narración. En resumen: dos horas y media de desperdicio de actores de talento, de técnica audio visual impecable, al servicio de una obra perfectamente prescindible.