Algunos tienen la fortuna de morir a tiempo, verbigracia: Gardel, Elvis, Marilyn...
Otros, unos pocos, sobreviven digna y gloriosamente hasta el final: Buñuel, Borges...
Otros, al tratarse de personas socialmente irrelevantes, no nos enfrentamos a ese problema.
Pero también están esas personas que supieron deleitarnos con sus obras, generalmente desde muy jóvenes y que, una vez han accedido a una edad avanzada, nos decepcionan y entristecen de una u otra manera. Este es el caso de un McCartney que se transfigura en un caballero políticamente correcto, militante vegano, etcétera. Este es al caso de un DeNiro que procede a aferrarse a un rictus permanente e inadecuado, que se olvida de sí mismo y que, para colmo, se pone a militar a favor del Partido Demócrata como si SU último Presidente no hubiera sido responsable de enviar a un millón y medio de ucranianos a la masacre. Un italoamericano más, en suma, que se dedica a abrazar el sionismo protestante olvidando sus raíces católicas. Y, por fin, el caso más doloroso para mí: Un Joan Manuel Serrat, aquel lúcido y brillante joven que acompañaba su natural talento con un toque de imprescindible mala leche y que ahora se presenta como una viejita buena que da de comer a las palomas y que, para colmo de males, va y se adhiere a un manifiesto en favor de Pedro Sánchez de la mano de Almodovar y toda una panda de beneficiarios del Sistema. Claro que ya había mostrado la hilacha cuando se avino a intentar ponerle música a unos textos escritos de arriba para abajo por Mario Benedetti haciendo gala de una permisividad incongruente con su trayectoria artística anterior. Perdón, corrijo, también lo había intentado con Gotysolo.
En fin, que la Parca a veces se distrae.